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Pedro Sánchez y todos sus ministros, así como el resto de dirigentes del PSOE y Podemos, deben estar aterrorizados ante la perspectiva de que se consolide la idea – del todo cierta, por otro lado - que su imprevisión ha intensificado este desastre que estamos sufriendo y que nadie sabe cuándo va a acabar. Sólo sabemos que seguiremos encerrados en casa por bastante tiempo y que cuando empiece a amainar la destructiva tormenta sanitaria provocada por el coronavirus el panorama que quedará será una economía desolada. 

En especial así será en Baleares, donde el monocultivo turístico – como en Canarias – está bastante por encima del resto de regiones. Aquí el sector turístico aporta al PIB de forma directa el 35% y de manera indirecta a través del sector servicios que es su vasallo casi al completo el 45%, lo que hace que 8,5 euros de cada 10 que genera la actividad productiva balear se deba a la industria de los visitantes. 

Y resulta que el turismo ha quedado a cero y, como reconocía la vicepresidenta de la Federación Hotelera, María José Aguiló, dado que el verano está perdido o casi – decir lo contrario, como asegura Francina Armengol, no es más que “la expresión de un deseo”, en palabras de la citada representante empresarial – la situación que tenemos por delante es un páramo: “más de un año” para recuperarnos auguraba Antoni Riera, catedrático de Economía Aplicada de la UIB y director de la Fundación Impulsa. 

En otras regiones estarán mejor porque sus industrias y sector primario puedan reaccionar pronto – algo de lo que aquí no tenemos – y porque la mayor parte de su sector terciario está diversificado y no es de monocultivo turístico. Sin embargo el golpe será muy duro también. Y cualquier gobernante sabe que si la situación económica es mala y se le puede apuntar como responsable, su destino está casi cantado. Más todavía si, como es el caso, además hay que lamentar por la crisis sanitaria un desastre humano cuyas dimensiones son difícilmente soportables en el momento de escribir estas líneas y sin duda va a ser mucho peor en cuanto esta pesadilla acabe. La psicología de la persona la hace acostumbrarse a todo para superar cualquier adversidad y por eso miramos ahora el parte diario de muertos con la fatalidad estadística de quien vive como estando en una película de terror que no podemos dar crédito que sea cierta, pero el día que esto termine y miremos hacia atrás el dolor y la estupefacción mutarán en rabia. Y alguien tendrá que pagar. 

Ése es el gran miedo de Sánchez, Pablo Iglesias y compañía. Y es posible que en parte tengan razón cuando pretenden que ellos han hecho lo que les han dicho los “expertos”. Pero siendo cierto no pasa de ser un subterfugio cuya ridícula condicion miserable va quedando en evidencia así como van pasando los días y sumamos más y más muertos. 

Las comparaciones son tan odiosas como imprescindibles para dejar clara la diferente forma de prepararse para hacer frente a la amenaza. Puede ser cierto que en diciembre ningún gobierno ni experto occidental comprendiera el alcance mortífero del coronavirus, pero cuando en enero China experimentaba el ataque feroz ya resulta menos creíble que no se entendiera el potencial desastre. Y que en febrero nadie pudiera imaginarlo ya es mentira. Ni más ni menos: mentira. Porque hubo gobiernos europeos que no menospreciaron la amenaza, como sí hizo el español. El de Alemania, por ejemplo, cuando vio lo que empezaba a pasar en Italia dio orden de adquirir tanto material como se pudiera para dotar mejor todo el sistema sanitario y mejorar la capacidad de las UCI del país. O Noruega, que al tener el primer caso, su primera ministra empezó a ordenar preparar las medidas preventivas que impuso al cabo de una semana. O Dinamarca, que más o menos optó por lo mismo que su vecina del norte. Y todo esto se daba a finales de febrero y principios de marzo, cuando Madrid era una fiesta y se nos decía que no pasaba nada, que el “mejor sistema sanitario del mundo” no tenía de qué preocuparse, que el “bicho” no iba a ser tan nocivo aquí como se mostraba en China o empezaba a actuar a lo bestia en Italia… Y así un largo bla-bla-bla de nuestro Gobierno. 

Cuando esto pase, en fin, será el momento de exigir responsabilidades. Y habrá muchas que pedir, por mucho que los responsables ya estén en plena campaña mediática y propagandística de hacer ver que ellos no tienen ninguna, como que -talmente ha dicho Irene Montero – todo ha sido cosa “de los expertos y nosotros hicimos lo que ellos nos dijeron”. No se puede tener la cara más dura.