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A raíz de la fiesta de Borbón y su familia en Palma se han alzado voces críticas contra la corona, e incluso dos partidos, Podemos y Més, declinaron asistir al evento por razón ideológica. Porque no están de acuerdo con esta monarquía. Enfrente, los felipistas ponen a parir a los críticos: que si son unos maleducados, que si esto no se hace a un rey y tal y cual. En una democracia nadie está al margen de la crítica. Ni el rey, por supuesto. Borbón no es un político electo pero hace política, vaya si la hace, por ejemplo atacando el derecho democrático a querer romper España. Claro que hace lo que debe hacer. Pero que no vengan luego con que no hace política. La hace, faltaría más: es su trabajo. Por la misma razón, la profesional, se le puede y se le debe criticar. Que es lo que han hecho, mismamente, los críticos que declinaron la invitación a su fiesta. Por mucho que se empeñen los que quieren desmerecer la actitud de los que no aceptaron pasar por el besamanos, el hecho tiene una relevancia política evidente: dos partidos que tienen 19 de los 50 diputados electos del Parlamento balear no quisieron participar en el acto político y propagandístico referido. Esto es una fuerza a tener en cuenta. La corona no tiene enfrente a los descamisados que gritaban el otro día contra la monarquía sino a un movimiento político de fondo que está creciendo. En la próxima legislatura del Congreso de los Diputados con toda probabilidad sólo PP y Ciudadanos estarán por la labor de seguir haciendo de lamedores de la monarquía. El resto de formaciones serán como poco críticas hacia el Borbón coronado y, como mucho, claramente republicanas. Ya ni siquiera en el PSOE hay comodidad con la cuestión, aunque se mantenga la impostura del apoyo cerrado a la corona. Por mucha propaganda y marketing que pongan los sondeos cortesanos -sin duda de mayor calidad que los de tiempos del Campechano-, la institución tiene un serio problema. Y mientras que su titular no quiere someterse a la democrática validación mediante referéndum seguirá teniéndolo. Porque al contrario que las monarquías británica, noruega, danesa, sueca... la española tiene un origen muy reciente (1947), un inventor que fue un dictador todavía recordado y odiado (Francisco Franco) y un primer titular (Juan Carlos) que aceptó coronarse rompiendo así la legítima sucesión dinástica cuyos derechos tenía Juan de Borbón, quien calificó de “ilegal” la nueva monarquía española. Y de nada sirve a estos efectos la renuncia de Juan en 1977 porque ya existía la otra corona, la inventada por Franco. Que es la que se puso Juan Carlos y es la misma que lleva Felipe. Si éste no rectifica esto, nunca tendrá el apoyo que a los cortesanos les gustaría que tuviera.