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La conmemoración, ayer, del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer pone de nuevo en primera línea del debate social lo mucho que queda por hacer en este campo en todo el mundo. Resulta sorprendente que todavía tengan que redactarse protocolos que defiendan del acoso a las mujeres en el trabajo o que se normalicen comportamientos y expresiones claramente machistas, incluso en foros de debate público y político como en el Congreso de los Diputados. Acabar con la violencia contra las mujeres no se circunscribe sólo a aspectos que atentan a principios indiscutibles de la moral o recogidos en el Código Penal, alcanza también a principios que determinados sectores de la sociedad se obstinan en mantener vigentes y en los que subyace un supremacismo del hombre frente a la mujer.

La juventud retrógrada.

La violencia contra las mujeres es un fenómeno extendido en todo el mundo, aunque en algunos países su posición retrógrada debería merecer con más determinación la condena internacional. No puede haber cultura ni religión que justifique el ataque hacia la mujer. Sin embargo, y en referencia a nuestro país, resulta llamativo que un elevado porcentaje de nuestros jóvenes no vea reprochable el control sobre la mujer, en especial cuando se trata de la pareja. El núcleo familiar y los centros educativos deben ser el punto de partida para reconducir esta forma de entender las relaciones entre las personas.

Seguir avanzando.

Cada una de las mujeres que ha sido víctima de la violencia machista –una lacra que no cesa a pesar de los indudables logros alcanzados en materia de concienciación social– es un paso atrás en la dignidad de nuestras sociedades y en particular de la española. Queda, por tanto, mucha tarea por delante y este 25-N es tan solo una etapa más de una carrera en la que es preciso alcanzar la meta cuanto antes.