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Numerosas asociaciones vecinales y organizaciones empresariales han mostrado su rechazo al Plan de Movilidad de Palma, resumido en el proyecto de ‘Palma camina’, que tiene como iniciativa más emblemática la de dejar estacionar en el centro de la ciudad –todo el perímetro interior de las Avingudes– sólo a los residentes a partir del próximo año. La medida tiene evidentes repercusiones económicas y sociales, ya que dificulta el acceso a comercios y a todo tipo de servicios, circunstancia que tendrá un indudable impacto sobre el actual paisaje urbano. El cambio implica riesgos muy graves si fracasa.

Aprender de los errores.

La propuesta de Cort es, sin duda, la más radical de las llevadas a cabo, pero han existido precedentes. Desde hace décadas, los diferentes gobiernos municipales han aplicado medidas destinadas a pacificar el tráfico rodado, ampliando las zonas Acire y ORA u optando directamente por la peatonalización. Todas estas acciones han supuesto cambios importantes en las zonas afectadas. El centro antiguo fue abandonado por muchos residentes y comercios con las primeras restricciones al tráfico. Las peatonalizaciones también han llevado aparejadas protestas vecinales y el éxodo del comercio tradicional. Los resultados de esta dinámica no siempre han sido tan satisfactorios como se pretendía.

El consenso es básico.

La propuesta ‘Palma camina’ no puede quedar en un trágala del gobierno municipal. Su trascendencia requiere de un amplio consenso con los principales colectivos que conforman la vida urbana de la ciudad. Es preciso huir de los catastrofismos fáciles, pero la amenaza de un experimento fallido es real y debe ser evaluado por los promotores de la idea. No se trata de dar la espalda a un mayor protagonismo de los peatones en las ciudades, pero no puede ser a costa de hundir el corazón de Palma.