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Era una mujer que amaba la música. Dirigía una orquesta en Afganistán. No ha pasado tanto tiempo, aunque para ella sea una eternidad. La percepción del tiempo es curiosa. Los días transcurren raudos en la alegría. En el dolor son lentos, difíciles.

Fue feliz en su orquesta de mujeres. Se expresaban a través de la música. Vi imágenes de sus ensayos. Estaban contentas. Celebraban la vida a través de sus instrumentos. Sonreían con los ojos, que es una bella forma de sonreír. Me parecieron jóvenes. Contagiaban ese entusiasmo propio de la juventud que nos llena el alma de hierba húmeda, de esperanza.

Sin embargo, todas sus esperanzas se han perdido. Los sueños de alguien se pueden desvanecer de repente, sacudidos por la intolerancia. A los talibanes no les gusta la música. Quizás se han acostumbrado a los ruidos de la guerra. Las armas ensordecen. Puede que no sepan que existe la música, un lenguaje universal que acerca a las personas.
Mi joven directora de orquesta afganesa ha tenido que optar por el exilio. Era su única salvación en el desastre. Las demás muchachas que formaban parte de la orquesta han tenido que huir también. A veces la huida es la condena para los valientes. En este caso, su «culpa» fue amar la música, atreverse a interpretarla. Habían hecho muchos conciertos, unidas por el afán común: el alimento que hacían surgir de sus instrumentos. Piezas de música en las que encontraban un sentido a su mundo.

Hasta que ese mundo saltó por los aires. Antes de escapar de su tierra y emprender la ruta de la distancia obligada, tuvo que destruir los rastros de la memoria. Quemó las fotografías de los conciertos, los recortes de periódico que anunciaban las actuaciones. Había que hacer desaparecer las huellas de un pasado que iba a echar de menos. Hay añoranzas que duran para siempre. Los escenarios de Afganistán recordarán su música. Es posible, sin embargo, que sus notas resuenen aún en el pensamiento de quienes las escucharon. Personas llenas de angustia que conservan el recuerdo de músicas que consuelan.