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La vandalización del molino catalogado de Son Cladera en sa Pobla resulta preocupante. No se trata de un hecho aislado, y evidencia que la lacra de los grafiteros que llevan años arrasando no pocos bienes patrimoniales de Palma, se expande también hacia los espacios de la Part Forana. Sobre todo en lo tocante a edificaciones de fora vila dedicadas al uso agrario, y donde las pintadas sin ninguna tipo de atractivo estético ni valor artístico provocan un impacto visual muy negativo sobre el paisaje de la Isla.

Denuncia y castigo.

Quienes a diario conducen por las carreteras de la Isla pueden comprobar que cada vez menos municipios se salvan de esta clase de vandalismo. Desde la misma vía es fácil observar molinos, antiguas vaquerías y demás construcciones agrícolas pintarrajeadas por grafiteros que se desplazan en automóvil por todo el territorio insular para acometer sus prácticas. La última que parece haberse puesto de moda es la de crear rutas hasta enclaves populares como, por ejemplo, las playas de es Trenc, siguiendo una misma firma grafiada sobre decenas de elementos patrimoniales de la ya de por sí sufrida Mallorca rural. Hechos del todo denunciables y que no deberían quedar sin castigo por parte de las instituciones competentes.

Concienciación social.

La laxitud que demuestran administraciones locales como la de Ciutat frente a los vándalos del spray contrasta con la rápida reacción de los responsables municipales de sa Pobla, que no han dudado un minuto en denunciar la vandalización del patrimonio histórico de la localidad ante la Guardia Civil, con el objetivo de que la Benemérita dé con los malhechores y estos asuman las consecuencias de sus actos. Pero más allá de las acciones coercitivas, falta mayor concienciación social, sobre todo entre los más jóvenes. El grafitismo incontrolado no es un divertimento, sino un delito que ocasiona gran perjuicio patrimonial y económico.