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La proliferación descontrolada de colonias de gatos de callejeros es un problema creciente que va más allá del caso de Bunyola. Se trata de un asunto que afecta a la salud pública, la convivencia social y al equilibrio ambiental de todos los municipios de Baleares, con el agravante de que las soluciones que puedan adoptar las administraciones locales están expuestas a juicios severos. De hecho, determinados colectivos con demasiada frecuencia ejercen una presión y una condena ciudadana que se basa más en factores emocionales que en conclusiones cimentadas en criterios científicos.

Alternativas a los sacrificios.
Las conclusiones del servicio de Salud Ambiental del Govern no dejan lugar a dudas. La multiplicación felina (auspiciada la mayoría de las veces por la inconsciencia de un amor por los animales ajeno a la querencia por el más elemental civismo), abren la puerta a enfermedades parasitarias de graves consecuencias en personas inmunodeprimidas, mujeres embarazadas e incluso en niños. De ahí que el control de estas colonias sea perentoria e indiscutible, y estos emplazamientos se sitúen lejos de centros sanitarios y escolares. Los ayuntamientos deben agotar todas las vías antes de iniciar el sacrificio de ejemplares. Pero los grupos animalistas, en ocasiones sobrerepresentados, no pueden mostrarse ignorantes ante los riesgos sanitarios que esta plaga entraña para el prójimo y, no menos relevante, también para la biodiversidad.

Biodiversidad amenazada.
Según estudios del Smithsonian Conservation Biology Institute publicados en Nature, los felinos causan más muertes de animales que los coches o los envenenamientos y, en lo tocante a las aves, recuerda el escritor y ornitólogo John Franzen en ‘El fin del fin de la tierra’, los gatos son la principal causa de mortandad. La protección de los gatos no debe implicar perjuicio a otras especies. La humana incluida.