Alba Mayol ha superado el cáncer, pero ahora sufre algunas secuelas. | Click

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Alba Mayol es policía local de Palma y ha superado un cáncer de mama. A simple vista, no parece haber estado enferma jamás. Y menos de cáncer. A diferencia de antaño, lleva el pelo corto.

A poco de hablar con ella, observamos cómo su sonrisa se dibuja fácilmente en sus labios, que es buena conversadora y que es mujer muy positiva.

Ya no hace la calle pura y dura, como antaño, un trabajo que abarcaba desde patrullar por zonas conflictivas –Playa de Palma, en verano, por ejemplo–, a ser escolta de políticos, pasando por hacer servicios en bici, por el centro de la ciudad. En cambio, ahora, y muy a su pesar, trabaja en una oficina. «Y no lo digo por trabajar en una oficina en sí, que me parece un trabajo muy digno, sino porque a mí me va la calle, la acción… Por lo que me he tenido que acostumbrar a hacer otro tipo de trabajo».

Pero lo importante es vivir. Levantarse cada mañana y comenzar un día nuevo, algo que seguramente valorará más, tras haber transitado por lo que ha pasado… Que aunque uno nunca piensa que esa lotería le va a tocar, puede ir un día al médico y escuchar que este le dice que tiene cáncer… Como lo tuvo su madre y su abuela… Su madre, que tuvo dos, ambos cáncer de pecho, se ha recuperado. Su abuela, pese a que lo intentó, no pudo…

Alba nunca olvidará aquel 14 de diciembre de 2018, que fue cuando le diagnosticaron el cáncer. «Ese día, los del Ajuntament teníamos la comida de Navidad. A un compañero le dije que cuando saliera del médico le diría si iba o no iba a la comida. Al salir, le llamé y le dije que no… Y es que el mundo, tras escuchar al médico, se me había caído encima», confiesa.

«En la consulta –sigue–, cuando me lo dijo, no pude contener las lágrimas. ¡Cáncer! Salí a la calle como transportada en una nube… Hasta que me dije que tenía que asimilarlo, aceptar el diagnostico y no quedarme con los brazos cruzados, abatida, lamentándome… Así que, una vez que se puso la maquinaria de mi tratamiento en marcha, tomé las riendas del mismo con los especialistas que me trataron… Me puse las pilas, vamos, dispuesta a luchar hasta donde fuera necesario porque no había otra», dice.

«Como vivía sola –relata–, mis padres me animaron a que me instalara en su casa. Les dije que no, que prefería seguir como estaba, explicándoles que el estar sola me obligaría a ser más fuerte».

La caída del pelo

Recuerda que tenía una bonita melena que le caía sobre los hombros. «Pero sabía que con el tratamiento la iría perdiendo poco a poco… Así que un día me acerqué a la peluquería y le dije a mi peluquera: ‘Vuélvete loca y haz lo que te venga en gana con mi pelo. Lo que quieras’. Ella me miró como no entendiendo nada, pues sabía que era muy meticulosa con mi cabello. ‘Haz lo que quieras con él’, insistí. Y lo hizo. Me cortó el pelo corto, que encima tiñó… ¡De rojo!, cambiándome por completo la imagen, lo cual me favoreció, y en el fondo me animó. Pero con el tiempo, el pelo se me fue cayendo más», señala.

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«Un día fui a casa de mis padres, no a decirles que iba a vivir con ellos, sino a pedir a mi padre que me afeitara la cabeza. ¿Te imaginas cómo se quedó, lo que debió de pensar en aquel momento? Pues lo hizo y lo hizo muy bien. ¿Por qué se lo pedí? Pues, porque, ¿Quién mejor que él? Seguramente se sorprendió, pero viendo que había que hacerlo, lo hizo».

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El proceso y las secuelas

El camino fue largo, algo más de dos años. Largo y duro, sin que ella cediera en ningún momento. Tampoco se sintió sola, pues sus amigos la arroparon siempre, formando grupo con ella. Y como no hay mal que por bien no venga, como tenía tiempo, se interesó tanto por todo lo referente a la alimentación, que hizo la carrera de nutricionista

Y es que, regresando al principio del tratamiento, «en que el caos se adueña de todo en los primeros días, no te queda más remedio que organizarte, porque de lo contrario, y más viviendo sola, no vas a ninguna parte… Así que, los días que me encontraba bien, hacia comidas que guardaba en tuppers, que dejaba en la nevera, para comérmelas en los días que estaba de bajón… Porque como he dicho, vivía sola, lo cual me obligaba a espabilarme», reconoce.

«Naturalmente, durante el proceso he llorado mucho. No es malo llorar porque te desahoga mucho… Y yo he llorado mucho, tanto que creo que la marca Kleenex ha sobrevivido gracias a mi», dice, sin poder evitar una sonrisa.

Afortunadamente, hoy Alba, está recuperada, con el pecho reconstruido, «sintiéndome muy bien, ya sea en el aspecto físico como en el estético, tanto que no tengo inconveniente en bañarme en top less», vuelve a sonreír.

Alba quiere dar las gracias a los médicos que la han atendido y también a la Asociación Española contra el Cáncer, «por lo mucho que hace por los enfermos, durante y después del tratamiento. Te diagnostican esta enfermedad, te la tratan, te la curan, pero nadie te dice lo que te va a pasar a partir de cuando te den el alta, sino que lo irás descubriendo tú. ¿Qué? Pues, por ejemplo, que te puede venir la menopausia, que puedes tener linfedemas o hinchazones en brazos y piernas... Notas que la piel cambia, que te duele la dentadura, que las articulaciones no funcionan como antes, que tampoco tu cabecita funciona igual…»

«Todo eso hace que igual no puedas trabajar donde trabajabas. Yo, como ya he dicho, he tenido que cambiar la calle por la oficina… Por eso digo, que tras el esfuerzo que hacen por salvar nuestras vidas, no estaría de más que nos prepararan para lo que nos vamos a encontrar una vez que nos hayamos recuperado. Por eso, muchas gracias a la Medicina, pero también mi agradecimiento a la AECC, y a otras asociaciones que velan por mejorar la vida tras el cáncer».