María Baró, en su casa del Passeig Marítim de Palma.

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La barcelonesa María Baró y el holandés Enno Scholma son el ejemplo de esa nueva hornada de grandes nombres que pudiendo elegir, eligen Mallorca para vivir. Se conocieron casualmente en Marbella, pero después de muchos años viviendo en São Paulo, el destino les ha traído a Mallorca para formar parte de su vida social y cultural. María nació en Barcelona, pero lleva tantos años viviendo en Brasil que parece brasilera de toda la vida. Desde 2010 regenta Baró Galeria, una de las galerías de arte más conocidas de São Paulo, con la que ha estado presente en las grandes ferias del mundo, como Frieze, Miami Art Basel o ARCOmadrid. Nos recibe en su terraza del Passeig Marítim con vistas a la Seu, que la tiene fascinada desde que la vio por primera vez.

¿Por qué ha elegido Mallorca siendo el mundo tan grande?
– Creo que Mallorca me eligió a mi. Estoy en el proceso de entender por qué vine aquí. Fue un acto de intuición y de racionalidad con mi pareja Enno Scholma. Estábamos en Madrid con nuestro proyecto Baró House, un proyecto de arte contemporáneo en un piso del barrio madrileño de Chamberí, y nos pilló el confinamiento. Creíamos que en otoño las cosas volverían a ponerse feas y conversando sobre ello nos preguntamos dónde nos gustaría estar, en un lugar que nos de placer, alegría de vivir, y de pronto Enno dijo Mallorca y yo dije sí. Desde aquí estamos trabajando en nuestros negocios en otros países.

¿Qué tipo de negocios?
– Arte fundamentalmente. Tengo mi galería desde hace más de 20 años en São Paulo. Queremos hacer una operación en Europa y elegimos Lisboa, pero de repente ha aparecido Mallorca en el mapa y todavía no se cómo articularé esto profesionalmente, pero conociéndome algo haré.

Es curioso que cuando Enno y usted se conocieron en Marbella, ambos tuvieran inquietudes por el arte…
– Enno, Jefe del Patronato del Museo Ludwig de Colonia, me había sido predestinado. Nos habíamos cruzado varias veces sin vernos así que cuando nos cruzamos la mirada y comenzamos a hablar nos dimos cuenta de que íbamos a continuar el camino juntos.

¿Cómo empezó su carrera en el arte?
– Estudié Ingeniería Química, y trabajé muchos años en el departamento de Japón de la Generalitat de Catalunya. Entonces se hacían inversiones inmobiliarias, hoteles, campos de golf y arte. Entre estos proyectos de arte estaba desarrollar a Joaquim Torrens Lladó, y me pusieron a organizar su desembarco en Japón. El éxito fue increíble, tanto que se abrió hasta un museo. Los japoneses se volvían locos con él, vendíamos mucha obra gráfica, así que tenía que venir a Mallorca frecuentemente para que firmara las serigrafías que se hacían en Los Ángeles.

¿Qué recuerda del maestro?
– Era un virtuoso, una persona del siglo XIX. Nadie se atrevía a contradecirlo, tenía mucho carácter pero era muy generoso. Entré en el mundo del arte por él, que era de Mallorca, un clásico además. El caso es que acabé siendo art dealer especializada en Asia, comencé a trabajar con la familia Miró, trabajé con la familia Picasso. Después me casé con el padre de mis hijos, un belga. Y nos fuimos a Brasil. Desde ahí me era imposible seguir trabajando con Japón así que me lancé a por mi sueño, que era tener mi propia galería de arte contemporáneo. Era octubre de 1999. Brasil acoge muy fácilmente a los extranjeros.

¿Hay algo que le de miedo?
– Menuda soy, de joven nada. Ahora, con la edad y después de nacer los niños, ya tienen 19 y 21, pues me volví más prudente, más miedosa. Pero desde que son mayores y vuelan solos vuelvo a ser la de siempre.

¿Cuántos años lleva presente en la feria Arco?
– Desde 2000 y con dos espacios. Era un año dedicado a Hispanoamérica. En las ferias es donde conocí a los galeristas mallorquines, a la Pelaires, Kewenig y Horrach Moyá los he tenido de vecinos en muchas ocasiones.

En los últimos años el mercado del arte ha cambiado muchísimo…
– Y espere a los próximos años con todo lo que está pasando. El primer y gran cambio comenzó cuando empezaron a haber tantas ferias de arte con un volumen que obligaba a los galeristas a viajar continuamente por el mundo. Esto convirtió a la galería en un lugar estéril porque el alma del galerista y los coleccionistas se perdía por el mundo. Después llegó internet, las redes sociales, que obligan cada vez más a que el galerista sea una persona estresada, sediento de ventas. Esa necesidad de dinero, provocada no por egoísmo del galerista sino porque los gastos se han disparado enormemente, es algo que los artistas a veces no entienden.

¿Cómo consiguió llegar a gente tan conocida como Ella Fontanals, Solita Cohen o Mar Flores?
– No lo sé. A algunos ya los conocía de toda la vida, otros son amigos de amigos. Los coleccionistas, la sociedad poderosa ha podido comprar más pero el fondo es el mismo. Hablo de aquellos que actúan desde la pasión, que cuando compran una pieza no saben ni dónde la van a colocar, pero necesitan poseerla. Es una pasión maravillosa. Tengo una pieza aquí en casa que el Guggenheim de Nueva York me quiere comprar desde hace años y no soy capaz de vendérsela. Algún día lo haré, pero de momento es tanta mi pasión por ella que no puedo desprenderme.

¿De qué obra se trata?
– Es de un artista revolucionario mexicano del grupo Fluxus. Si la vendo será para hacerle un homenaje a él, que durante muchos años tuvo prohibida la entrada a EE UU, le prohibieron el visado para hacer una exposición y, ahora que ya no vive, le quieren en uno de los museos mas importantes del mundo.

¿Qué le parecen los museos de Mallorca?
– Mallorca tiene gran calidad pero noto cierto pesimismo. Creo que si se lo monta bien en este momento tan turbulento, como han hecho los portugueses con Lisboa, podría tomar el liderazgo como capital cultural importante. Creo que hay que aspirar a un proyecto futuro muy ambicioso. Se ha de retomar la idea de crear una gran feria de arte, más ahora que la gente solo se va a mover a lugares que sean seguros y les den placer. Mallorca es increíble, un paraíso.