En la actualidad, la jubilación de Juan Antonio Torres le permite dedicarse a lo que más le gusta: las cuevas y su entorno.

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En la zona de sa Dragonera se topó con un bogavante de un metro; en una cueva de Sóller, con el cráneo de una vaca, y durante 15 minutos defendió su cámara ante un pulpo de diez kilos que se encaprichó de ella. Fue detrás de la isla frente a la playa de Illetes y el pulpo se rindió.

Durante cinco años ha sido un guardián de las especies en aguas de Mallorca. Era uno de los ‘Observadores del mar’ de la Isla, un portal de ciencia ciudadana para colaborar en la investigación marina, recopilando observaciones y experiencias sobre los fenómenos que ocurren en el mar. En la actualidad, la jubilación de Juan Antonio Torres le permite dedicarse a lo que más le gusta: las cuevas y su entorno. Le gusta ir solo, a su aire. De hecho, el 70 por ciento de sus inmersiones son en solitario y por la noche. «Te cambia todo, hay una vida diferente. Lo que está de día abajo, sube por la noche a comer. He podido fotografiar calamares, que he llegado a tener en la mano», afirma.

«Siempre me han atraído las cuevas. Llevo 22 años buceando. Hace 19 entré por primera vez en una de ellas. Me llevaron a sa Cova Blava, en Sóller. No sabía si entrar o no, pero ahí ya me engancharon. Y, encima, era una inmersión nocturna».

Cada sábado

Desde hace unos meses forma parte de un grupo de inmersión con cuatro amigos. Salen al mar cada sábado, si el tiempo lo permite. «Buscamos anémonas, babosas de mar (que tienen entre cuatro milímetros y dos centímetros). Voy casi con el ojo pegado a la roca. Para enfocar, tiene que estar el agua perfecta. Hace poco fuimos a la Cova de sa Madona, bajo el Cap des Llamp. Encontramos moreras, distintos tipos de esponjas, gusanos que viven solo en cuevas. Los fondos son muy distintos a los normales. También, en algunos se siente hasta claustrofobia, cuando las cuevas se ‘estrangulan’ y tienes que pasar plegado o pasando poco a poco parte del material. No hay retorno».

En la zona norte existen cerca de una veintena de cuevas. Una de las más espectaculares es sa Cova de s’Indio. Allí hay langostas, congrios, gambas. También es espectacular la Cova d’en Jeroni, es la catedral de las cuevas, con un recorrido a pie bastante largo». En la zona de Levante hay unas diez, y cinco en la Bahía de Palma y en el Suroeste de la Isla. «A veces no son cuevas, son túneles. En Fornells, uno tiene 27 metros de recorrido, pero hace una ‘ese’ y a veces es complicado».

Bien equipado

Su equipo consta de dobles focos, una cámara de fotos Olimpus GT6, una botella de 15 litros con nitrox, y material de seguridad por duplicado, como cuchillo, reguladores y manómetros, «Si hay sitios que no conoces, lo mejor es entrar con un carrete de hilo de cien metros. Lo atas a la entrada y vas soltando. Nunca hay que entrar en un sitio que no conoces sin una guía. Es muy importante que la segunda etapa del regulador esté sujeto al cuello y, sobre todo, tener sentido común. Alguna vez he llegado a estar preparado para la inmersión y he decidido no entrar».

Ha visitado un 30% de las cuevas de la Isla y ha visto rocas de tonos rojos, verdes o lilas. La inmersión más larga que ha hecho este año fue en agosto: 180 minutos, con 15 litros y un máximo de 16 metros de inmersión. «Salí hasta con frío, y era agosto. Eramos dos personas y estábamos muy cerca de la Reserva de El Toro. Es una maravilla. En enero es como meterte en un acuario. Hay bancos de peces enormes». Su cámara lleva un microscopio que aumenta 40 veces el tamaño de lo que ve. «Es la única manera de fotografiar babosas de milímetros de longitud. Se nota muchísimo que el mar está mucho mejor que meses atrás. Hemos visto especies imposible de ver antes, como manadas de atunes cerca de la costa (algunos de tres metros), delfines (puntualiza que no son peces), bancos de serviolas enormes que sólo se veían en reservas, o babosas que se han adaptado al Mediterráneo. El fondo marino de Mallorca es excepcional», destaca Juan Antonio Torres.

A la espera de una Reserva en aguas de Sóller

El área marina de la isla del Toro, así como las aguas comprendidas entre ésta, Es Clot des Moro y Cala Refeubetx, tienen un alto valor ecológico y pesquero por la diversidad de hábitats, de comunidades bentónicas y de peces que se pueden encontrar. Tal vez en los próximos años le toque el turno a las aguas de Sóller. «Desde hace tiempo se está planteando una reserva en la zona de s’Illeta. Sería muy positivo y volvería a recuperarse su hábitat marino. Los animales de una Reserva se expanden, llegan a otros sitios y de otros lugares. Ahora, por ejemplo, se ven en la Reserva de El Toro grandes dentones, serviolas y atunes enormes».