Cuatro de cada diez ancianos de Palma sufre por el aislamiento social, un fenómeno que las instituciones tratan de atajar. | UH

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La sociedad balear está envejecida. Solo hay que echar un vistazo a la pirámide demográfica española: comienza a estrecharse en la base y se ensancha en la cima. Para hacernos una idea de la situación en nuestra Comunitat, basta observar las cifras de la Encuesta Continua de Hogares publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE): en Baleares hay más de 100.000 personas que viven solas; en Palma, por ejemplo, hay 44.200 hogares unipersonales y más de 20.000 personas mayores de 80 años habitan solas, prácticamente el doble que hace cinco años; una evolución que se explica, sobre todo, por el incremento de mujeres de esa edad que no comparten su vivienda con nadie.

La ecuación es sencilla: la esperanza de vida aumenta, pero los hogares se reducen y los nacimientos registran ya las cifras más bajas desde mediados del siglo pasado. Hay más divorcios, menos hijos y los españoles llegan a edades más avanzadas, especialmente ellas (85 años frente a 79 de esperanza de vida media).

Esta evolución agrava la situación de dependencia y soledad de los ancianos. Según el Anuario del Envejecimiento de Baleares de 2019, cuatro de cada diez ancianos de Palma sufre soledad emocional, entendida como los sentimientos de desolación y falta de relaciones afectivas. Hacer frente al fenómeno de la soledad es el reto al que se enfrenta una sociedad que tiende a ser cada vez más individualista.

Para paliar estos efectos han surgido programas como ‘Sempre Acompanyats’, que puso en marcha hace dos años el Ajuntament de Palma, la Fundación ‘la Caixa’, el Institut Mallorquí de Afers Socials (IMAS) y el Grupo de Educadores de Calle y Trabajo con Menores (GREC), «con la intención de detectar situaciones de soledad y ponerles freno con la ayuda de voluntarios y actividades específicas dirigidas a los usuarios», explica Rosa Perpinyà, técnica municipal y responsable del programa en la zona de Ponent.

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Maria Antònia Alenyar, trabajadora social del centro de salud de Santa Catalina; Flor Guerreiro, técnica de ‘Sempre acompanyats’; Rosa Perpinyà, trabajadora social del Ajuntament; Mireia Bover, técnica de ‘Sempre acompanyats; Francisca Gelabert, trabajadora social del Ajuntament; Rosario Simonet, técnica de ‘Sempre acompanyats; y Mercedes Alonso, trabajadora familiar del Ajuntament.

Iberia, Antonia, Jaime y Paquita son cuatro de las 38 personas que participan hasta el momento en el programa en el que se han implicado 17 voluntarios y 27 entidades de los barrios de Santa Catalina, Es Jonquet y El Terreno. Lamentablemente, muchas de las actividades han tenido que paralizarse a raíz de la crisis sanitaria, «lo que está agravando aún más la situación de muchos de nuestros usuarios», alerta Mireia Bover, miembro del equipo de intervención del programa del GREC.

Iberia Morales

Iberia tiene 82 años y está saliendo del pozo poco a poco. Una pierna rota la ha dejado casi impedida durante el último año y el confinamiento solo ha agravado su situación por la falta de contacto social y la paralización del servicio de rehabilitación. «No podía hacer mis actividades habituales, ni siquiera ir sola al baño. Mi marido es un bendito, pero se dedica a comer y dormir. Y yo para matar el tiempo hablo con el perro. Y, claro, no me responde.

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Si lo hiciera sería peor, pensaría que estoy loca», nos cuenta con sorna esta menorquina.

Tiene tres hijos ya mayores, el benjamín se fue hace poco más de un año a vivir a China, y también tres nietos. «Si tengo familia por qué me siento tan baja moralmente», se pregunta Iberia. La solución la ha encontrado en el programa ‘Sempre acompanyats’. «Me ha ayudado mucho porque hablas con gente de tu edad que piensan como tú. Yo solo quiero conversar con gente, con eso soy feliz. ¿Sabéis cuándo podremos volver a reunirnos?, nos pregunta cuando nos despedimos. Esperemos que sea muy pronto.

Jaime Salamanca

Jaime sigue el mismo ritual todas las mañanas: salir de casa para dirigirse a una cafetería cercana a leer el periódico y tomarse su cortado, «con leche entera y azúcar. Es mi único vicio. Si tuviera que tomarlo con leche desnatada y sacarina lo llamaría ‘un desgraciao’», comenta este taxista jubilado de 78 años que reside en El Terreno, tras divorciarse de su mujer. No ha tenido hijos, pero le quedan dos hermanos en Mallorca. Habla por teléfono con ellos, pero se ven de pascuas a ramos, Navidad más que nada. Pero el día a día se le hace cuesta arriba, echa de menos socializar.

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Así llegó al programa ‘Sempre acompanyats’, a través una mesa de información que colocaron en el centro de salud. Su primera actividad fue un cinefórum, y a partir de ahí no ha dejado de acudir a todas las citas. Por eso le ha costado tanto aguantar durante el confinamiento en casa y todo estos meses le han pasado factura física y psíquica. Ahora se dedica a dar largos paseos y dejarse regañar por la enfermera de su centro de salud y la técnica del GREC que le hace seguimiento. Es un niño grande, con bastón, canas y casi ocho décadas a sus espaldas.

Antonia Belmar

Antonia tiene 63 años, pero aparenta más por una enfermedad degenerativa en los músculos que le ha afectado al habla y le dificulta moverse. Por eso, para salir a la calle, necesita ayuda. Entre semana cuenta todos los días durante una hora con una trabajadora social que le acompaña a hacer la compra o, simplemente, pasear. «Pero los fines de semana se hacen eternos», se lamenta.

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Se ha pasado media vida cuidando de sus padres, pero hace dos años que su progenitor falleció y ella se ha quedado sola y un tanto desubicada. La relación con su hermana y sus sobrinos se ha enfriado, y ahora solo le queda una prima en Mallorca y familia en Barcelona y Murcia. Todos ellos están incluidos en una caja repleta de fotos y recuerdos que se dedica a revisar, rememorar y catalogar con ayuda de Mercedes Sánchez, una voluntaria que se ha unido al proyecto hace un par de meses: «Ahora tengo tiempo libre, prefiero regalárselo a gente que lo necesite y, de paso, aprendo un poco. A mí no me queda tanto para encontrarme en una situación similar», agrega.

A Antonia, que vive en Santa Catalina desde que nació, el confinamiento y esta nueva realidad también le han pasado factura y prefiere hacer cualquier cosa a pasarse el día viendo las noticias: «Siempre negativas. Si yo lo que quiero es que me digan cuándo puedo volver a la clase de movimiento corporal», finaliza.

Paquita Pomar

Paquita Pomar no deja de quejarse de que sus vecinos son muy simpáticos, pero no puede cruzar palabra con ellos porque son extranjeros: «Figúrate. Vivir aquí y no hablar ni papa de castellano o mallorquín», comenta enfadada.

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Tiene 82 años, fibromialgia y es tan coqueta como cuando era joven; por eso se pintó la raya del ojo antes de hacerse las fotos del reportaje. Divorciada desde hace décadas, comparte su vida con su perro Coco y los recuerdos. Perdió a su hija en 2004, pero aún hoy la tiene muy presente. Con sus otros dos hijos tiene una relación más inestable, «quizá porque me centré mucho en la niña, que tenía una discapacidad», dice Paquita, al tiempo que confiesa que lo que más echa de menos es charlar con la gente, porque ha trabajado toda la vida como peluquera, y «en un oficio así siempre se habla por los codos».

A Paquita no le importa estar sola, lo que no le gusta es sentirse sola. Y esa sensación la embarga cada vez más a menudo. Por eso abraza cualquier actividad que le propongan: cafés, películas, excursiones, gimnasia de mantenimiento... ahora, a la espera de que se retome el programa, se dedica a cocinar, una de sus aficiones, para ella sola y congelarlo después.