La ‘Baukultur’ se abre paso en la mentalidad de quienes tienen el poder de cambiar el mundo. ¿En qué consiste? En usar la arquitectura y el urbanismo como armas de cohesión social. | Archivo

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Palma, como otras ciudades europeas, se ha convertido en lo que es a base de edificar, derribar y volver a levantar muros desde que los romanos se instalaron aquí hace más de dos mil años.

Sin un plan definido e improvisando según las necesidades de los ciudadanos, cada vez más numerosos, la ciudad crece y se desarrolla hasta la Palma actual, con el trazado que marcaron los romanos, luego los musulmanes y, finalmente, los aragoneses, que dejaron la huella más notable, monumentos que son objetivo de las cámaras de millones de turistas: Bellver, la Lonja, la Seu, el palacio episcopal...

Siglos después llegaron las primeras grandes obras públicas, como el desvío del torrente de la Riera y la construcción de la muralla. La progresiva riqueza de la urbe, las desamortizaciones del XIX y el derribo de gran parte de la muralla para construir el Ensanche acabaron de conformar la Palma en la que vivimos.

Planes urbanísticos

Con el siglo XX llegan los primeros proyectos bien estructurados para diseñar la ciudad –Palma, en 1900 tenía 64.000 habitantes, hoy más de 400.000–, aunque sólo se cumplen de manera parcial por la Guerra Civil, la postguerra, el boom turístico y el descontrol urbanístico de los años 60. Una transformación paralela a la de otras ciudades del mundo: «Las ciudades crecieron, en 1920, con los tranvías y los primeros coches cambió todo y empezó la primera revolución de la movilidad, no había pasos de cebra porque las calles eran para las personas.

Esta expansión dramática que se puede ver en ciudades como Los Ángeles o Pekín ha derivado en un tráfico que no es sostenible». Son palabras de Kent Larson, arquitecto experto en la ciudad del futuro. Ante esta situación, Larson cree que «estamos llegando a la tercera revolución para devolver las calles a las personas» y añade: «Estamos mirando hacia atrás, donde los vínculos sociales eran muy potentes y todo sucedía en un barrio compacto». Las ciudades ocupan solamente el 2 % de la masa terrestre, pero tienen el 90 % del crecimiento de la población y generan el 80 % del CO2 mundial. Resulta imperativo transformar las ciudades ahora, que es cuando la construcción se encuentra prácticamente parada, la población es más elevada que nunca y la presión turística resulta asfixiante. «La construcción nunca había estado en unos niveles tan bajos, siendo la década de los 70 la más activa, incluso por encima del boom inmobiliario de 2006-2008», asegura Nacho Salas, presidente de la Demarcación de Mallorca del COAIB.

Es un buen momento para pensar cómo seguir adelante, ya que desde distintos ámbitos supranacionales empieza a sonar un mantra que exige que prestemos más atención al urbanismo y la arquitectura, que acaban determinando cómo es nuestra calidad de vida. Le llaman ‘Baukultur’ y su eco es tan intenso que se coló en las sesiones del foro económico mundial de Davos el año pasado. Hace unos días, Innsbruck acogió la Asamblea General del Consejo de Arquitectos de Europa, con conclusiones esperanzadoras: «La cultura impulsa lo económico y la sostenibilidad social y ambiental. Da forma a nuestra identidad y define nuestro legado. Por tanto, la cultura debe situarse en el centro de las políticas de desarrollo y debe enfatizarse su contribución a la búsqueda del bien común». Ya no se trata de trazar calles, levantar viviendas, establecer alguna plaza y dejar que los habitantes hagan uso de los espacios.

Se trata de diseñar ciudades que tengan en cuenta la sostenibilidad, calidad, cohesión social, cambio climático, consumo de territorio, movilidad, cultura, patrimonio, vivienda y espacios públicos. Todo para crear espacios vitales que añadan calidad de vida a los ciudadanos. El objetivo debe ser el interés público, por encima del beneficio económico a corto plazo. Frente a los cambios socioeconómicos de la Gran Recesión, la cuarta revolución industrial, la urbanización acelerada, las migraciones, la creciente desigualdad y la amenaza del calentamiento global, la ‘Baukultur’ aboga por una cultura del habitar que, de forma urgente, priorice «un diseño consciente y deliberado para cada actividad de construcción y paisajismo, anteponiendo valores culturales».

Objetivos en Mallorca

Con esta tendencia mundial en mente, el Col·legi d’Arquitectes de les Illes Balears organizó el pasado trimestre un ciclo de debates bajo el título Objetivos COAIB para reflexionar sobre la situación actual y los retos de futuro de las Islas en cuanto a todas esas cuestiones que acabarán definiendo qué tipo de ciudades creamos. Entre las conclusiones está la apuesta, tanto del Col·legi como del Govern, por un urbanismo que aspire a ser una herramienta de transformación social. Así lo expresó Lluís Corral, director general de Ordenació del Territori: «La ciudad es el marco en el que transcurren las relaciones sociales y no puede ser indiferente a estas» e incidió en que la Ley de Urbanismo de las Islas, aprobada en 2017, proporciona soluciones al desarrollo sostenible. «Se ha pasado de una dimensión puramente edificativa a una dimensión mucho más amplia, garantizando esta accesibilidad universal, esta respuesta adecuada a todos los ciudadanos, independientemente de su situación vital».

Asunto en el que coincidió la decana del colegio, Marta Vall-Llossera, para quien «el objetivo principal del urbanismo actual debería plantearse bajo los parámetros de sostenibilidad entendida como el equilibrio entre objetivos de eficiencia económica, igualdad o justicia social, así como de conservación y protección del medio ambiente».

¿Cómo conseguirlo? El COAIB apuesta por impulsar las inversiones públicas para mejorar los espacios públicos y la red de infraestructuras, además de fomentar la rehabilitación y la sostenibilidad del parque ya edificado, añadiendo soluciones de eficiencia energética. Otro punto importante es la promoción de viviendas públicas destinadas al alquiler social, con precios justos y calidad.

Mallorca también se adhiere a la ‘Baukultur’. Los más recientes proyectos que pretenden transformar el urbanismo de distintas ciudades de Mallorca contemplan criterios de mejora de la calidad de vida, como la reforma del Paseo Marítimo de Palma (arriba); la renovación de la Plaça dels Pins en Inca (centro) y los cambios en la fachada marítima de Alcúdia (abajo).