El suicidio, una realidad silenciosa

| Palma |

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Un suicidio cada cuatro días en las Islas. Este es el dato. Según las últimas cifras que maneja el Observatorio del Suicidio de Balears, entidad creada hace poco más de un año y medio, 103 personas se quitaron la vida en el Archipiélago en 2017, lo que supone un 10 por ciento más que en el ejercicio anterior. Ahora piensen que este organismo contabiliza, además, una veintena de tentativas fallidas diarias en nuestra Comunitat. Preocupante, sin duda. Una realidad de la que no se hablaba nada o casi nada hasta que en 2017 la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó de la necesidad de visibilizar este problema de alcance mundial, para el que era necesario tomar conciencia y adoptar medidas para paliarlo.

Así, Baleares se ha puesto manos a la obra y basa su estrategia contra esta epidemia en varias ramas: afinar un protocolo de actuación estandarizado en caso de detectar una tentativa o una muerte voluntaria, formación a los profesionales de la sanidad a la hora de actuar con personas con intenciones suicidas y soporte a sus familiares, la elaboración de un Plan Autonómico de Prevención de Suicidio, que se presentará previsiblemente en 2020, la ampliación de las Unidades de Atención y Prevención del Suicidio (APS), ya presentes en los hospitales de Inca, Son Llàtzer y Son Espases, y a corto y medio plazo en los centros hospitalarios de Manacor, Menorca y Eivissa, así como el apoyo a la Associació de Familiars i Amics Supervivents per Suïcidi de Balears (AFASIB), de reciente creación.

Un problema global

Cuesta creerlo, pero la primera causa de muerte no natural en España es el suicidio. Y entre los jóvenes, entre 15 y 29 años, es la segunda causa de muerte general por detrás de los tumores. Además, con mucha diferencia, ya que esta estadística no suma otros fallecimientos ‘accidentales’ por caídas o sobredosis, que según los especialistas bien podrían engrosar las de suicidio. Y hay que recordar que hasta hace pocos años los protocolos no obligaban a un peritaje forense para dictaminar la causa de algunas muertes. Hagan cuentas de los casos que no han llegado a entrar en muchas estadísticas.

En 2017 fallecieron en España por muerte voluntaria 3.679 personas, casi el doble que por accidentes de tráfico y 80 veces más que por violencia de género. ¿Recuerdan los polémicos anuncios de Tráfico o las campañas de visibilización de la violencia machista? Ahora hagan memoria y pregúntense cuántas campañas han visto sobre la realidad del suicidio y las consecuencias que se producen en la familia o amigos del fallecido. No lo piensen mucho: ninguna.

El suicidio ha sido sistemáticamente silenciado por instituciones y medios de comunicación, que recogen en sus libros de estilo, o simplemente en su rutina diaria, que la muerte voluntaria no debe reflejarse por un supuesto efecto contagio, el llamado ‘efecto Werther’. Pero hoy en día esta teoría se considera un error y se está dando un vuelco a la hora de tratar este tipo de fallecimientos. Y aún así siempre se es sumamente precavido; quizá demasiado, aseguran los psiquiatras consultados.

El caso de Baleares

Las Islas tienen una tasa de suicidio de 8,9 casos por cada 100.000 habitantes, un punto por encima de la media estatal, que se sitúa en 7,9, pero muy lejos de las cifras de otras comunidades como Asturias o Galicia. Y mientras que en el Archipiélago se quitan la vida más hombres que mujeres –71 varones y 32 mujeres en 2017 –, las cifras de tentativas se mantienen equilibradas entre ambos sexos, muy diferente a la media estatal, donde las casos femeninos son muy superiores.

¿Cómo paliamos esta pandemia en Baleares? Una buena herramienta son las Unidades de Atención y Prevención del Suicidio (APS), como la del hospital de Son Llàtzer, que lleva dos años en marcha y está formada por dos psiquiatras, una psicóloga clínica y dos enfermeras. «Nosotros intervenimos en momentos de crisis. Cuando una persona tiene una tentativa de suicidio la derivan a este tipo de unidades. Nuestro trabajo consiste en atenderle y vincularle a la unidad de salud mental, porque muchas veces niegan haber intentado acabar con su vida o restan importancia a ese capítulo. Por nuestra parte toca hacer un seguimiento estrecho, valorar el riesgo y hacer que disminuya, con palabras, consejos, medicación e intentando ayudarle a solucionar sus problemas específicos», enumera Beatriz Martín, psicóloga clínica en la APS de Son Llàtzer, al tiempo que recalca que hacen falta más medios y recursos para tratar este tipo de problemas.

El apoyo a los familiares de personas que se han suicidado es otra de las aristas de este asunto y la Associació de Familiars i Amics Supervivents per Suïcidi de Balears (AFASIB), que está en contacto con más de 40 familiares, realiza esta labor en las Islas. «No solo ofrecemos apoyo psicológico y grupos de duelo, también tratamos de dar visibilidad al problema de la muerte voluntaria con actividades como la Marxa Popular de Prevenció del Suïcidi, que se realizará el día 15, una marcha de 3.679 metros, un metro por cada persona que se suicidó en España en 2017», señalan desde la AFASIB.

3 familias, 3 historias de supervivencia

«La dinámica familiar cambia con la pérdida»

Miguel Oliver y Xisca Morell

No comparten apellido ni lazos de sangre, pero les une el vínculo del cariño, el dolor por la pérdida y la supervivencia. Hace poco más de dos años, el hijo de Miguel y hermano de Xisca se quitó la vida tras varias tentativas, ingresos hospitalarios y decenas de consultas. «Intentamos hacer todo lo posible por él, pero no fue suficiente. Por eso decidimos poner en marcha hace un año la Associació de Familiars i Amics Supervivents per Suïcidi de Balears (AFASIB)», explica Miguel. Por su parte, Xisca, que ejerce como psicóloga, señala la importancia de crear una red de ayuda que no existía hasta ese momento: «Las familias tienen que verbalizar lo que ha sucedido y afrontar que la dinámica familiar cambia con una pérdida así. Ya estamos atendiendo a 40 personas y sólo llevamos un año en marcha».

«Mi hija cambió de un día para otro»

Antonia María Llofriu

Antonia ha terminado el trabajo que su hija Ketty dejó inconcluso hace 18 años: publicar un poemario que recoge los sentimientos e ideas que pasaban por su cabeza. Tras varios intentos de suicidio, falleció en 2001, a pesar de que su madre intentó ayudarla por todos los medios. «Todo comenzó cuando tenía 8 años. Hasta entonces había sido una niña vivaracha. Pero de un día para otro cambió. Se volvió muy seria, retraída...», rememora Antonia, que durante once años acudió a diferentes especialistas para solicitar ayuda y solo recibió consejos vagos y la incomprensión de su familia, mientras veía cómo su hija iba empeorando. «Un día te dice por teléfono que ha intentado suicidarse, luego se escapa de casa y la encuentras en una azotea... no sabes qué hacer, y lo peor es que siendo mayor de edad, si no ella solicita ayuda, nadie va a llevarla de la mano al hospital», dice, al tiempo que confiesa que comenzó el duelo por Ketty nueve años después de fallecer. «‘Esto ya lo tenías que haber superado’ me dicen... como si fuese fácil olvidar algo así».

«Uno solo quiere saber por qué»

Xisco Bosch y María María

El hijo mayor de Xisco y María se fue una noche a dormir y al día siguiente apareció muerto. Se había quitado la vida. Tenía 27 años y toda una vida por delante. «Tenemos recuerdos vagos de ese día y las semanas posteriores. Son como piezas de un puzzle, pero no está completo», explica María, después de tres años conviviendo con el dolor. Durante este tiempo, su familia ha tenido que lidiar con la tristeza, la ira y los cambios vitales que supone haber perdido un hijo de esa manera. «No puedo decir que nuestros allegados nos dejaran de lado, pero nadie sabe cómo actuar ni qué decirte en estos casos. Uno se cierra y, al final, cambia de hábitos y hasta de círculo de amistades», señala. Su marido, Xisco, recuerda que «durante un tiempo ejerces de investigador. Intentas seguir paso a paso qué hizo los días anteriores al suicidio. Sólo quieres saber por qué. Es la única pregunta que te haces», mientras que María recalca la sensación de incredulidad de los primeros meses. «Sólo te queda pensar que si hubieses detectado las señales, quizá no hubiera sucedido...».

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