Chus Burés, este miércoles en Palma, donde está visitando a muchas de sus amistades. | Pere Bota

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Es el diseñador de joyas más reconocido de España, aunque sus mejores clientes son extranjeros. Chus Burés nació en 1957 en Barcelona, pero hace 35 años que vive en Madrid. Estos días se encuentra en Palma visitando a sus amistades e intentando cerrar un acuerdo con un ceramista. Este viernes ofrecerá en Palma una venta privada de algunas de sus creaciones.

¿Cuál es su primer recuerdo del mundo del diseño?
—Desde pequeño me fascinaban las joyas que llevaban los africanos y la simbología que ello representaba. Siendo estudiante de diseño, lo primero que hice fue unas creaciones con materiales reciclados con un amigo en Londres.

¿Cada vez le resulta más fácil o más difícil diseñar?
—Yo diría que es una labor más compleja porque cada vez tiendo a ser más exigente.

¿Cómo se conjugan los egos de un artista con los de un diseñador?
—El artista tiene una libertad absoluta y puede hacer una escultura de un metro o de veinte. Los diseñadores estamos más sujetos a diversos factores como la industria, fabricación, que sea ponible... Cuando hago un proyecto con un artista lo que más me interesa es el diálogo con él.

¿Es imprescindible que haya buena relación entre ambas partes?
—En mi caso sí. No podría trabajar con un artista con el que no tuviera una buena comunicación.

A algunos cantantes o grupos les pasa que aborrecen su canción más conocida. ¿Le pasa eso a usted con la célebre aguja de la película ‘Matador’, de Almodóvar?
—No, qué va. Además, como yo no hago grandes producciones, no me canso de ellas. Colecciones presentadas en Nueva York hace 20 años tienen hoy un éxito impresionante. Y con lo que más disfruto es readaptando mis propias colecciones. Además, acabo de presentar una nueva marca de joyería, Chus X Chus, enfocada a las jóvenes generaciones y a los hijos de mis coleccionistas a quienes les gusta identificarse con el objeto que están comprando. Y esta marca se nutre desde el punto de vista creativo de todo mi archivo que he ido recabando desde 1982 y cuando ya no esté en este mundo los jóvenes creativos lo puedan usar.

¿Qué le influye a la hora de crear, cuáles son sus referencias?
—Mi alrededor. Lo que ocurre cada día en mi entorno.

¿En qué momento se encuentra el mundo de la venta de joyas?
—Al alza. Una joya comunica, es un símbolo y la joya habla lo que el dueño calla. Y lo más importante: una joya debe tener alma, y alma es creatividad, sin que ello signifique que tenga que haber oro o piedras preciosas.

Creando, también ha protestado.
—Sí, por ejemplo cuando hice junto a Santiago Sierra una colección de joyas-protesta contras países como Sudáfrica o Angola, que financian sus guerras con el tráfico de oro y de diamantes .

¿Cuál es el mayor error a la hora de ponerse una joya?
—No hay nada más grotesco que la joya no case, no comunique con la persona.

Nació en Barcelona, pero lleva viviendo desde 1984 en Madrid.
—Sí, fui por un encargo para seis meses y me cogió toda la Movida. Fue una época muy importante sobre todo porque hubo mucha interrelación entre diferentes vertientes artísticas: un arquitecto trabajaba con un artista, un diseñador con un cineasta... Hubo una gran riqueza.

¿Se siente más madrileño que catalán?
—No, yo soy catalán y todo lo que está pasando en mi tierra lo siento con mucha tristeza. Igual yo no lo veo, pero en unos años habrá una separación. No hay más que ver cómo aquí todo está en catalán o en euskera en el País Vasco.

¿Le parece bien o mal?
—Me parece bien porque se preserva la cultura autóctona.

¿Qué político le parece una joya?
—La verdad es que ninguno.