El papa Francisco celebra la misa de Gallo en la Basílica de San Pedro. | Efe

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El Papa ha evidenciado la necesidad de ternura que tiene el mundo en la actualidad durante la celebración de su segunda Misa del Gallo como Pontífice: «¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!», ha exclamado durante la homilía ante más de 4.000 personas reunidas en la Basílica de San Pedro.

En el primero de los ritos de la Navidad, que ha sido retransmitido por primera vez en 3D y Alta Definición, Francisco ha advertido de que sólo «la gente sencilla», dispuesta a acoger a Dios, será capaz de ver «la ternura de Dios», que mira «con ojos llenos de afecto», que acepta la «miseria» y que «se enamora de la pequeñez del hombre». Según ha explicado, no la verán «los arrogantes, los soberbios, los que establecen las leyes según sus propios criterios personales o los que adoptan actitudes de cerrazón».

El Papa también ha subrayado que la «paciente fidelidad» de Dios «es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción» del mundo, al tiempo que ha comentado que, precisamente, en esto consiste «el anuncio de la noche de Navidad» porque «Dios no conoce los arrebatos de la ira y la impaciencia». «La paciencia de Dios, qué difícil es comprender esto», ha exclamado el Papa improvisando su discurso.

«La señal es la humildad de Dios llevada hasta el extremo; es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones», ha comentado.

Esperanza para el hombre

De este modo, ha reflexionado sobre la esperanza de Dios «en el hombre hecho a su imagen y semejanza, al que aguardaba pacientemente». «También el curso de los siglos ha estado marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo. Por eso, ha seguido esperando con paciencia ante la corrupción de los hombres y de los pueblos», ha expuesto.

El Papa ha disertado sobre la llegada de Jesús y su asociación con la «luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad». Así, ha explicado que la presencia de Dios en medio de su pueblo «libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría» y ha pedido a los fieles abrir sus corazones para tener la «posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte».

También ha reflexionado sobre cómo se acoge «la ternura de Dios» y ha puesto de manifiesto que lo más importante «no es buscarlo», sino dejar que sea él quien «encuentre» y «acaricie con cariño». Francisco ha comentado que Dios está «siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando atisbar a lo lejos el retorno del hijo perdido».

«¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque?, ¿permito a Dios que me quiera?, ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?», se ha preguntado.

Por ello, ha dicho que la respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a la «pequeñez» del hombre y ha llamado a vivir «con bondad» y «con mansedumbre». «Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto», ha explicado.

Para la Misa de Nochebuena, que conmemora para los católicos el nacimiento de Jesús, además de las miles de personas reunidas en la Basílica del Vaticano, varios centenares de fieles también se han concentrado en la Plaza de San Pedro para seguir la misa a través de cuatro pantallas gigantes. La ceremonia ha comenzado con el canto de la 'Kalenda' que en latín cuenta la espera del advenimiento de un mesías en el Antiguo Testamento, y tras el canto, el sonido de las trompetas ha anunciado el inicio de la misa y ha seguido la procesión del Papa y los concelebrantes.