Los vecinos denuncian la conversión del barrio en un Magaluf donde todo se hace en aras del turismo. | Javi Rodríguez

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Entre restaurantes, heladerías, galerías de arte, hoteles urbanos y pisos de 'airbnb', tiendas de decoración de alto standing y un esplendor palaciego decadente, los vecinos de la Lonja y el Born se han convertido casi en una especie en extinción. Los alquileres están disparados y el ruido vuelve a ser un problema otra vez, aseguran desde la asociación de vecinos sa Llotja-Es Born, porque la restauración incumple de forma flagrante los horarios de cierre. La Lonja se queda poco a poco sin residentes ante la inacción de las autoridades competentes. El barrio deja de ser residencial y se convierte en un macrohotel para turistas.

«Nos hemos convertido en seres extraños en nuestro propio barrio», lamenta Jaime Herrero, presidente de la asociación vecinal. «Estamos sitiados por los restaurantes y bares. Los que aguantamos en La Lonja sabemos que nos quedamos aquí para pelear cada dos por tres con los restauradores y conocer al dedillo cómo poner una denuncia. Tampoco es que sirvan para mucho, debo decir. Pero que quede constancia. Y, por supuesto, el que reside en La Lonja sabe que el doble acristalamiento es su mejor amigo, no solo a la hora de intentar echar una cabezadita, sino simplemente para vivir».

En este sentido, recalcan que las relaciones con los restauradores de la zona están muertas al considerar que no actúan de buena fe. «Incumplen los horarios todos y cada uno de los días. Entre semana cierran a medianoche y los fines de semana llegan a estar abiertos hasta las 3 de la mañana. Y nadie hace nada. Es la inacción continua. Si a esto le sumas que la última moda es hacerse con cocheras para convertirlas en locales o ampliar los que ya tienen, aunque no tengan licencia, cómo esperan que haya diálogo», critica Jaime Herrero.

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Jaime Herrero, presidente de la asociación de vecinos sa Llotja-Born.

Barrio 'guiri' desde hace décadas, La Lonja y el Born ocupan un espacio de gran interés social y político en Palma. El Born fue primero un lugar de encuentro, primero de torneos y fiestas (de ahí su nombre, ya que 'born' quiere decir torneo), más tarde se construyó el paseo, en el siglo XIX, punto de encuentro de la sociedad palmesana. Los árabes la urbanizaron en el siglo XI, como demuestra la puerta de l'Almodí, junto a la plaza de la Reina, que da entrada a la calle de la Mar, que era una de las entradas al recinto amurallado islámico con el nombre de Bab Al-Mudi y daba acceso a los extramuros portuarios de la ciudad.

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Pasear por esta zona de Palma es un placer para los ojos. Residencia de la nobleza mallorquina en el pasado, en todo el barrio hay edificios de gran valor arquitectónico y ambiental, como Can Quint, Can Montenegro o Can Solleric, entre otros. Y si Palma fue definida como 'una ciudad de patios', debe aplicarse especialmente a este barrio.

Es sus estrechas y serpenteantes calles, la de la Pau, Sant Feliu, Montenegro, Sant Gaietà, se localizan casales góticos y barrocos organizadas en torno a un patio que presenta una escalera adosada al muro si el edificio es gótico, o de tipo imperial si es barroco, por la que acceder al primer piso. Sin olvidar que en la avenida Antoni Maura hay destacadas viviendas plurifamiliares de estilo modernista.

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El Paseo del Borne, un punto de encuentro y un imán para turistas.

La entidad vecinal recuerda que la proliferación de hoteles urbanos y pisos de alquiler vacacional ha hecho, por un lado, que muchos vecinos hagan las maletas, pero también que el comercio local vaya echando el cierre. Ahora quedan dos hornos en marcha y un pequeño supermercado. Además, llaman la atención sobre el problema de aparcamiento. «Todo acto, evento o carrera deportiva nos termina afectando a los vecinos. Lo mejor en este barrio es tener una bicicleta», apunta el presidente de la asociación.

Además, hace hincapié en la necesidad de que haya más vigilancia en la zona, porque han detectado que muchos vehículos se saltan a la torera la zona ACIRE del barrio, ya que conocen las calles donde no hay cámaras. «El número de vecinos y vehículos que tienen permiso para circular no se corresponde con la densidad de tráfico que soportan las calles de La Lonja», apostilla Herrero.