Saúl Díaz, que residió en Palma, se fotografía con el volcán en erupción. | Saúl Díaz

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El chat de Patricia Piza Verger con la familia de su marido, Alberto Pérez Hernández, natural de La Palma, tiene estos días más actividad que nunca. En él, los hermanos de su marido les van trasladando casi minuto a minuto cómo evoluciona la situación en la isla tras la erupción del volcán. Desde Palma, siguen «con preocupación» todas las noticias que les llegan. Alberto tiene nueve hermanos, la mayoría residentes en Los Llanos de Aridane, en la ciudad, pero tienen otros familiares que «creen que sus casas ya han desaparecido bajo la lava por las imágenes que se han ido difundiendo» en los medios de comunicación y redes sociales. Saúl Díaz, un palmero que residió en Mallorca hasta hace dos años, advierte de que cada día, cada hora, están más preocupados: «Al principio sólo se veía la espectacularidad, ahora se ve más el desastre».

Los cuñados de Patricia Piza están preparados por si la situación cambia en cuestión de horas o días; los seísmos y la apertura de nuevas brechas no se pueden predecir. Así que «les han dicho que tengan preparada mochilas con ropa y todos los documentos que necesiten por si tiene que salir corriendo», explica a Ultima Hora.

Algunos de sus familiares tienen también casa en la zona de Garafía, en la parte norte de la isla, donde ya muchos residentes se han trasladado buscando algo más de distancia. «Ahora están pendientes de una grieta muy grande que se ha abierto y de su evolución, porque en el peor de los casos podría afectar a media isla», detalla Patricia.

Testimonios desde La Palma
Patricia Piza junto a su marido Alberto Pérez y su hija Patricia.

Pese a la gravedad de los hechos, se mantienen serenos. «Por las noches oyen las explosiones del volcán, que lo tienen enfrente», pero de momento en la ciudad no corren peligro. «Los niños no van al cole, y algunas de mis cuñadas han tenido que pedir vacaciones para poder quedarse con ellos. Los que pueden siguen trabajando». Los palmeros tratan de mantener la normalidad, toda la que la naturaleza les permite estos días.

Saúl Díaz regresó a La Palma hace dos años después de pasar una larga temporada en Mallorca. Reside actualmente en Puntallana, municipio situado a unos 35 kilómetros de la boca principal del volcán, la distancia que en la Isla separa Palma de Montuiri, en línea recta. En un descanso laboral, este palmero cuenta a este diario cómo la espectacularidad de las primeras horas de la erupción ha dejado paso «a la preocupación» y al «desastre».

Explica que las autoridades están pidiendo «ahora que evitemos los desplazamientos, sobre todo para que las carreteras queden libres para los servicios de emergencias y no haya colapsos. Es lo que más nos repiten». Saúl, que se dedica al sector de la hostelería, asegura que la isla vive cierta paralización. Por una parte, en las zonas más afectadas está todo cerrado, el turismo afectado y la agricultura destrozada; mientras que en los municipios más alejados «se ve menos movimiento». En La Palma todos miran atentos el recorrido de la lava y esperan las consecuencias de los últimos terremotos, independientemente de la proximidad al volcán. «Tengo conocidos que han tenido que dejar sus casas, afectadas por la lava, y otros por la preocupación de que pueda acabar llegando. La pasada noche se pudo sentir el terremoto en el pueblo de al lado y por las noches se oyen las explosiones». Con el paso de las horas, la preocupación, sin duda, crece en La Palma, casi a la par que la incertidumbre. «Qué vaya bien, Saúl». «Eso esperamos, muchas gracias», se despide.