Pedro Obrador frente a un puente destruido en Irpin, sobre el Dniéper.

Su padre, cuando se jubiló, le ofreció continuar con la pastelería de la familia, pero el mallorquín Pedro Obrador, ya desde joven, tenía claro que su destino era viajar. Y no precisamente a países pacíficos. Ha visitado regiones en guerra de Irak, Siria, El Congo, Ruanda, Afganistán y se adentró, hace unos años, en la central nuclear de Chernóbil. Ahora ha pasado cinco días en el avispero ucraniano: «Empatizo con el sufrimiento ajeno y no me gustan las injusticias», cuenta a Ultima Hora este conductor de la EMT de 55 años.

Obrador es, además, un gran experto en temática militar y en historia. Para entrar en Ucrania viajó a Cracovia, en Polonia, donde le esperaban Florin y Eduardo, dos jóvenes catalanes de una ONG, que le ayudaron a cruzar la frontera. La pareja vivía en Kiev y tenía planes de abrir un restaurante español en la capital. La «operación especial» de Putin cambió sus vidas. Y arruinó sus planes. Con sus dos guías, Pedro Obrador entra en Korczowa y de ahí pasa a Leópolis, una ciudad al oeste de Ucrania que tampoco se ha librado de los misiles rusos. Es la zona de los Cárpatos, que antes de la Segunda Guerra Mundial pertenecía a Polonia. «De ahí tomamos un tren nocturno a Kiev, donde nos sorprendió que la vida sigue, pese a la guerra», explica el chófer palmesano.

«Soldados con AK»

Pese a esa relativa normalidad, llama la atención que hay «soldado con AK (fusil Kalashnikov) por todas partes». En los andenes hay grupos de reclutas, pero a Pedro no se les ocurre fotografiarlos: «Sería la forma más rápida de meterte en un buen problema». Allí conoce a Elena, divorciada y profesora de inglés, y a su hijo Kim, de 18 años. Llevan tres meses duchándose con agua fría y el día de la entrevista el termómetro marca 8 grados. Ella da clases telemáticas, porque las presenciales se ven suspendidas continuamente por el rugir de las alarmas antiaéreas. En la Universidad pasa lo mismo: muy pocos estudiantes acuden a clase, y la mayoría las sigue por internet.

Tanques de ‘atrezzo’. Como hacían los franceses en París durante la Primera Guerra Mundial (1914-18), en Ucrania Pedro Obrador se encontró con maquetas en la estación central de Kiev que simulan ser vehículos militares, para despistar al enemigo ruso desde el aire. Fotos: PEDRO OBRADOR

La capital es un fortín, tremendamente protegido. Hay tanques y puestos de control. Putin, en su delirio, creyó que la tomaría en los primeros días de la guerra, pero se topó con una resistencia feroz y tuvo que retirarse, dejando a su paso cientos de blindados en llamas. En la ciudad bunquerizada hay tiempo, también, para recordar cómo era la vida antes del 24 de febrero, fecha de la invasión: «De repente, me topé con unos novios por la calle, que se casaban. Al lado había un tanque ruso destruido», rememora.

Los edificios son grandes, de estilo soviético, y los monumentos están cubiertos por sacos terreros, para protegerlos de las explosiones. Se instala en el hotel Ukraine, también de porte estalinista, y ubicado cerca de la plaza Maidán. Cuesta 20 euros la noche y lo más importante: tiene agua caliente. Al día siguiente, Pedro deja la capital para visitar las ciudades mártires que pararon a la colosal columna rusa que pretendía estrangular Kiev. Una serpiente de 60 kilómetros de blindados que la resistencia ucraniana fue deteniendo en una combinación letal de emboscadas e información de Inteligencia facilitada por los norteamericanos y británicos.

El mallorquín fotografiando un parque infantil que alerta de minas.
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El aeródromo de Hostomel, otro punto del viaje del mallorquín, fue clave en la debacle rusa. Se tomó inicialmente, con fuerzas aerotransportadas de élite, lo mejor del Ejército del Kremlin, pero fue cambiando de manos y finalmente los rusos no pudieron conservarlo. Putin soñaba con que sus helicópteros volaran de ese aeropuerto a Kiev y acabaran con Zelenski. Como todos sus planes, acabó en desastre. La lucha, allí, fue atroz y hay restos de las batallas en cada tramo del terreno.

En Irpin y Bucha, el sufrimiento de la población civil fue enorme. Los rusos cometieron crímenes de guerra y torturaron hasta la muerte a hombres, mujeres y niños. Algunos aparecieron amontonados en sótanos, con las manos a la espalda, atadas. Otros fueron tiroteados cuando huían en bici o caminando. «Un desconocido que hace foto de los puentes destruidos siempre llama la atención, y los vecinos, al verme, llamaron a la policía. Mis compañeros de viaje explicaron mis intenciones y me salvaron de problemas mayores», relata. En las ciudades mártires conoce a una familia formada por Maksim, el marido, Julia, la esposa, y su hija Elina. Antes de la guerra vivían en un bonito ático dúplex, pero un misil le impactó de lleno y destruyó la techumbre. «Las vigas eran de madera, y todo ardió», le explica la mujer a Pedro, para luego añadir que podría haber sido peor: «Hubo pocos muertos en el edificio y los cimientos no están afectados».

Este edificio de la ciudad de Bucha quedó destruido en los combates.

Julia llora amargamente cuando muestra con su móvil el vídeo del ático en llamas y explica que «no queremos ser refugiados, por eso nos hemos quedado aquí y estamos pidiendo ayuda para reconstruir nuestra casa». De momento han recaudado 40.000 euros, con los que han podido reconstruir el techo. «Justo a tiempo, porque las lluvias ya están aquí», apunta. Las ventanas, en cambio, están cubiertas por cartones y maderas: «No hay dinero para más». Poco después, el mallorquín conoce a Oksana, otra vecina que lo ha perdido todo bajo las bombas rusas. Su casa está destruida y le cuesta mucho expresarse porque el llanto la ahoga. Necesita ayuda psicológica urgente, pero en Ucrania hay tantos damnificados que no cuentan con psicólogos ni psiquiatras suficientes para atender a la población civil. Su angustia aumenta cuando señala, a unos metros, un edificio que fue cuartel general de los rusos cuando tomaron Irpin. Un lugar siniestro donde se sucedieron episodios espeluznantes.

Tanques destruidos y capturados a los rusos en una plaza de Kiev.

Consecuencias

Pedro Obrador, tras su viaje al frente ucraniano, ha sacado sus propias conclusiones militares: «Los tanques siguen siendo importantes a la hora de los avances para la toma de territorios, pero son carísimos y vulnerables a armas más sencillas y económicas». Asimismo, para él, la artillería de largo alcance (los sistemas de misiles norteamericanos Himars) y los drones están marcando la diferencia.

«Otro factor que nos ha sorprendido es que el magnífico ejército ruso ha resultado ser un gigante con pies de barro y se ha visto incapaz de vencer a un ejército de tercera división, como el ucraniano», apunta. La tecnología rusa ha evidenciado graves carencias y los sistemas militares de la OTAN se antojan muy superiores a los de su histórico rival, lastrados por décadas de doctrinas soviéticas. Ya en Palma, Pedro desgrana cada hora del viaje a su esposa, que es rusa. Y que no quiere saber nada de Putin: «Dice que es una calamidad».

El apunte

Pancartas en español entre los sacos terreros

En los primeros días de la invasión rusa de Ucrania, los monumentos de las ciudades fueron cubiertos con sacos terreros, para evitar que los proyectiles rusos los destruyeran. Pedro Obrador reparó en un curioso detalle: «En algunas de esas esculturas y estatuas protegidas han colgado letreros en ucraniano y en español, que rezan: ‘Toda la gente viene aquí a apoyar’». El conductor de la EMT quedó impresionado por el grado de destrucción en algunas ciudades que se convirtieron en el frente, como Irpin o Bucha. Los rusos entraron a sangre y fuego, pero se toparon con una feroz resistencia ucraniana. Las poblaciones, antes de ser reconquistadas, acabaron cayendo, pero evitaron que las columnas de Putin llegaran a Kiev, que era el objetivo final.