Berta Martínez, Ángela Menduiría, Maria García y Mari Carmen González trabajan en la farmacia del General. | P. Pellicer

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Elixires, pócimas, fórmulas mágicas que unas veces funcionaban y otras no… En la sanidad de nuestros antepasados prevalecía el empirismo, el procedimiento basado en la experiencia. Si había curado una vez, quizás lo haría la siguiente. Y aunque ahora la ciencia deje poco margen de duda y las purgas y pócimas se queden en las novelas históricas, todavía existe un rincón en Palma donde imaginar como se funcionaba en esos tiempos remotos. La del General es, posiblemente, la farmacia hospitalaria en activo más bella, y es que sus estantes se mantienen intactos. Se estima que su imagen actual es similar a la que ya presentaba en el siglo XVII. Entrar en ella es lo más parecido a viajar en el tiempo.

Y en este proceso lo mejor es ir de la mano de la auxiliar de farmacia Maria García, que lleva 40 años entrando por la misma puerta, o incluso más, porque «mi abuelo era celador aquí y de pequeñas mi hermana y yo ya veníamos a visitarlo con mi madre», explica. «En mi época teníamos que hacer el servicio social y nos enviaron a la Diputación», recuerda. Y es que el ahora conocido como Consell de Mallorca es el propietario y responsable de la conservación de este patrimonio.

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Sin embargo, ahora «la entrada ha dejado de ser práctica por el uso de los carritos», lamenta. «Pero esta ventanilla es un emblema de la farmacia», señala. Ahí, cuenta, reposaba la clásica hucha del negrito del Domund, cuando el control de la infraestructura sanitaria corría a cargo de las monjas, que vivían escaleras arriba del Hospital General. «La vidriera se puso con la llegada del VIH, en los años 90 venía mucha gente», destaca. «Iban a consulta y les daban tratamientos antivirales. El médico enviaba informes y los tenía que autorizar el Ministerio», destaca. «A los primeros los recordamos con caras y nombres porque fue algo impactante».

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Maria García muestra el molde con el que se hacían los supositorios.

Por esos años, el General atendía a la beneficencia, pero también a los funcionarios de la Diputación. «Nos quedábamos la receta y pasábamos la relación para que se les descontara de la nómina, pero eso era casi en el Paleolítico», sonríe al recordarlo. Una vez dentro las paredes están cubiertas de estantes repletos de misteriosos botes. «Aquí hay un vino generoso, vino de quina, de cola…», señala algunos. En su interior siguen, congeladas en el tiempo, las sustancias originales, muchas de ellas son especias, aunque como curiosidad también se encuentra esperma de ballena, que se usaba para hacer jabón. «Yo sólo llegué a ver cómo hacían sellos de carbón vegetal para provocar vómitos o formular alguna pomada con ácido bórico», recuerda García, que explica que, hoy en día, todas las fórmulas que reciben se preparan en la Farmacia de Son Espases.

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Cada bote lleva una inscripción, escrita a mano, indicando su contenido.

Entre cajones de termómetros, cajas de lentes oftalmológicas, moldes de supositorios, biberones de cristal o una estufa para esterilizar, reluce un antiguo alambique de cobre para destilar. «Nunca lo he visto utilizar, siempre ha estado de decoración». Y, aunque a ojos externos cada estancia es una maravilla, según la auxiliar de farmacia la falta de mantenimiento es notoria. «Era impensable que todo terminara así, antes relucía», señala. Ahora bien, «de vez en cuando viene alguien de la Relojería Alemana para hacer una puesta a punto al reloj», porque el tiempo sigue pasando.