Imagen del tipo de casas que suelen comprar los rusos en la Isla.

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A partir de 5 millones de euros y preferentemente en la primera línea de los municipios de Ponent. Ese es el tipo de viviendas de lujo por las que más interés muestra el comprador ruso en Mallorca. Una minoría, en todo caso, tanto en relación al volumen total de compradores extranjeros en las Islas –menos de un 2 %– como entre los rusos residentes en las Islas, 2.040 según los últimos censos del INE y del Instituto Balear de Estadística. «Estamos hablando de presupuestos de clientes top», explica Hans Lenz, presidente de la Asociación Balear de Inmobiliarias Nacionales e Internacionales (ABINI). Top aunque alejado del perfil del oligarca mafioso personificado en Petrov y Romanov, personas non gratas desde hace años en Mallorca. A ninguno de los dos se les pudo imputar nada pero se mandó un mensaje a los de su clase: las Islas son tierra hostil para ellos.

Desde entonces, la oligarquía rusa prefería desviarse hacia zonas más hospitalarias, la Costa Blanca o la Costa del Sol. Para los rusos adinerados con un patrimonio uno (o dos) peldaños por debajo y que mantienen las puertas abiertas en Mallorca, Calvià y Andratx son sus zonas favoritas. Especialmente Santa Ponça, cuentan que tal vez porque las amplias calles de algunas de sus urbanizaciones les recuerdan a las oceánicas avenidas moscovitas. En cualquier caso se trata casi siempre de no residentes, veraneantes o visitantes de ocasión que tienen su residencia habitual en Reino Unido o Suiza y que han querido hacerse con su trocito de paraíso mediterráneo. También hay algún ucraniano, aunque en una proporción aún más pequeña.

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«Casi inexistentes», cuenta Lenz. «Hubo un industrial ucraniano que estuvo hace un tiempo buscando vivienda aquí, pero no sabemos si al final la encontró». Incluso entre ambos mercados eslavos «estamos hablando de una o dos operaciones de compraventa al año como mucho». Eso sí, todos los rusos con mansiones mallorquinas mantienen un perfil muy bajo, extremadamente discreto, y sin apenas contacto incluso entre sus vecinos más cercanos. Un semianonimato en todo caso que puede ser útil en el supuesto de que las ramificaciones de violencia social por la guerra en Ucrania puedan extenderse a otros territorios, igual que sucedió con el empleado ucraniano que hundió el yate de su patrón, un magnate ruso dedicado a la industria del armamento. Por lo pronto, no hay noticia ni indicios de que algunos de estos veraneantes haya sido objeto o pueda serlo de actos vandálicos similares a modo de vendettas transnacionales.

El cónsul honorario de la Federación Rusa en Mallorca, Sebastià Roig, defiende que la imagen que se tiene de los rusos afincados en las Islas suele ser distorsionada: se suele dar por hecho que son ricos que viven en entornos de privilegio, afirma, pero la realidad es que «estamos hablando de que el 99 por ciento es de clase trabajadora, con un sector bastante importante que se dedica a la educación».
Eso sí, cuando hablamos del perfil de los turistas rusos «son de un poder adquisitivo medio-alto muy interesado no solo por las playas, sino también y especialmente por la gastronomía y la oferta cultural».