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El 14 de marzo de 2020 cambió nuestras vidas. Una pandemia arrasó lo cotidiano para confinarnos en una realidad desconcertante que era más propia de una película de ciencia ficción. Palabras nunca pronunciadas como estado de alarma, confinamiento o toque de queda pasaron a formar parte de nuestro habitual vocabulario.

Nos encerraron en nuestras casas para velar por la salud pública y frenar así unas cifras que no dejaban de aumentar: miles de contagios y demasiadas muertes, demasiadas.

Se congelaron los abrazos, los besos, las caricias, ... Se bloquearon los encuentros familiares. Se paralizaron las quedadas con amigos. Se suspendieron las citas.

Todo pasó a ser controlado y restringido. Cualquier acto debía estar sometido a unas normas que, dependiendo de la situación epidemiológica, se endurecían o se suavizaban.

Ahora, tras año y medio de vivir bajo la batuta de las restricciones y gracias a la vacunación, las puertas de la vida se abren de nuevo para dar a paso a que descubramos las segundas primeras veces de todo aquello aquello que nos fue arrebatado.

Seremos como un niño al que le queda un mundo nuevo por descubrir pero con la experiencia de haberlo descubierto y la lección de la prevención aprendida.

Volveremos a sentir la primera vez de bailar pegados, de ir a un concierto, de sentarnos en la mesa con nuestros seres queridos, de viajar, de abrazar a los nuestros, de besar sin miedo, ...

Volveremos a vivir, a vivir como antes del aletargamiento.