Los mallorquines Luis, Miquela, Simó y Margalida en una foto ante las Torres. fueron recibidos por la prensa a su llegada al aeropuerto Son Sant Joan. Junto a ellos, sin conocerse, Diego Wencelblat y sus niñas posan con ellos (arriba).

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Es martes 11 de septiembre de 2001. Diego Wencelblat, abogado, se encuentra en la recepción de su hotel con sus dos hijas, Tess y Patricia, de 13 y 11 años, y su hermano. Están haciendo el check out a primera hora de la mañana porque esa misma tarde vuelven a Palma con un vuelo de Iberia. Durante el día van a visitar la zona del World Trade Center, subir a las Torres Gemelas y ver la Estatua de la Libertad. Su hija Patricia le pide a su padre que quiere ir a desayunar a una cafetería de esas americanas que salen en las películas.

La niña se empeña y la familia accede. Poco antes de las 09.00 horas, caminan por una avenida de Nueva York cuando ven grupos de gente por doquier que observan los escaparates. Los mallorquines no saben qué pasa. Intentan coger un taxi y el conductor les insulta. No pueden subir y caminan hasta que se asoman a un escaparate repleto de televisores y ven en directo un avión impactando una de las Torres. Diego se mueve un par de metros hasta la avenida y ve al fondo una humareda blanca. «Eso ya no era una película, era real». El Apocalipsis.

Veinte años después, Tess, Patricia y Diego rememoran con nostalgia un viaje que nunca olvidarán y cómo un capricho de última hora pudo cambiar su destino. El periplo sería parecido para los siguientes mallorquines que estuvieron en el epicentro del terror, en una Gran Manzana rota de dolor que marcaría el futuro de la Humanidad.

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Diego, Tess y Patricia comparten su experiencia veinte años después.

El despertador

En 2001, la mallorquina Virginia Garrido pasó una estancia en Hershey, Pensilvania, para estudiar y trabajar. Regresaba a España el 17 de septiembre. Antes, ya finalizado su programa estudiantil, estaría con amigos por Nueva York. Los días 7 y 8 visitó las Torres Gemelas. Un cambio de planes hizo que regresara a Hershey el día 9, pero sus compañeros malagueños se quedaron por la Gran Manzana, como estaba previsto. «Yo les dije que fueran el martes, día 11, a ver las Torres. Ellos estaban hospedados en el barrio de Harlem». Esa mañana, a primera hora, no les sonó la alarma. Salieron de sus habitaciones sobre las 9.20 horas. A la altura de la Avenida 23 empezaron a ver humo.Cuando les dijeron que los dos rascacielos se desplomaron, dieron marcha atrás y volvieron al hotel.

Virginia Garrido lleva poco viviendo en Nueva York con su familia.

Antes de que todo esto ocurriera, Virginia estaba durmiendo en Hershey cuando le despertó su compañero. «Virginia, tu hermana al teléfono», le advirtió. «Me dijo que dónde estaba. Respondí que en Pensilvania, que por qué me pregunta. A lo que ella me avisó ‘es que se están cayendo las Torres Gemelas’». «Enseguida chillé ‘¡Samuel, corre. Enciende el televisor!». Se le cayó el teléfono de las manos en cuanto vio las imágenes. Había enviado a sus amigos hasta la zona cero. La historia acabó bien para ellos porque el despertador, por suerte, no sonó.

Sobres las 08.00 horas del 11-S, en el piso 21 del Hotel Roosevelt, los matrimonios mallorquines Luis Delgado y Miquela Adrover, y Simó Valls y Margalida Garí amanecieron con una agenda apretada:una agradable excursión por el río Hudson, una visita al barrio judío y subir a las Torres Gemelas.

Al rato, Margalida encendió la televisión. «¡Simó, mira. Hay fuego en las Torres!», exclamó sin mucha importancia. Simó salió de la ducha y le dijo que debía ser una película y que esto era el trailer. Al segundo, ambos vieron en directo el segundo avión impactando con la otra torre. «Yo, sinceramente, seguía pensando que era ficción, hasta que vi Live (en vivo) en la pantalla. Luego cambié de canal para comprobarlo. Pasé a uno hispánico. Y efectivamente, por todo salía. Era una película real y terrorífica», rememora al otro lado del teléfono desde su domicilio.

«Nunca olvidaré la gente que se tiraba desde las TorresGemelas el día del atentado», reconocen al unísono las parejas. Esa misma mañana, Luis Delgado se afeitaba con tranquilidad cuando vio la hecatombe junto a su mujer Miquela Adrover.

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Los mallorquines Luis, Miquela, Simó y Margalida fueron recibidos por la prensa a su llegada al aeropuerto Son Sant Joan. Junto a ellos, sin conocerse, Diego Wencelblat y sus niñas posan con ellos.

Los matrimonios bajaron enseguida al hall del Hotel. «Había gente llorando, la policía nos dijo que cogiéramos los pasaportes y el dinero y nos quedáramos allí. Pero pensé en ir al Central Park, que estaba enfrente del Roosevelt». Solo se escuchaba el viento en el enorme parque. Así lo describe Simó, que pasaron allí sentados varias horas expectantes de la humareda que manchó el skyline de Manhattan y lo que ocurriría a continuación.

Salir del caos

La Gran Manzana se quedó blindada durante las siguientes horas y días. Nadie podía salir y nadie podía entrar. «Sentí miedo, y estuve en shock, cuando Manhattan se convirtió en una ciudad fantasma», cuenta Tess desde Madrid. Su padre, Diego, recuerda salir a pasear en familia días después del atentado y sentarse en mitad de la Quinta Avenida de la ciudad. «Sé que lo que hice, yo solo en la calle, no va a volver a pasar».

Tess, Patricia, su padre y su tío marcharon al poco a casa de unos tíos en la ciudad de White Plains. «Para ir hasta allí cogimos el tren.Pasé un poco de miedo, por el hecho de que era un transporte. Yo creo que el shock me vino después, sobre todo al ver Manhattan vacía. Se me pusieron los pelos de punta», confiesa Patricia Wencelblat desde Hamburgo (Alemania), donde vive desde hace ahora cinco años y medio.

El día 16 de septiembre    reabrieron las compañías aéreas. Los mallorquines atrapados habían solicitado con anterioridad volar en el primer vuelo de Iberia que saliera a Madrid. Hubo un tiempo en que no hacía falta pasar un control en los aeropuertos. Ese día, el caos se apoderó del John F. Kennedy.«No estuvimos tranquilos hasta que no llegamos al avión», asegura Luis. «Se juntaron muchos vuelos. Había mucha gente, empujones, mucha seguridad. Algunos no tenían billete», recuerda Diego. «Todos querían salir de NuevaYork. Fui cagada, porque de por sí no me gusta viajar si no es por trabajo o placer», responde Tess.

A Virginia Garrido no le pilló esta locura porque voló el día 17 desde Washington. «Había llamado antes al consulado en Pensilvania, pero en ese momento era brutal la desinformación».

El día 17 de septiembre, los matrimonios, Diego, sus hijas y el tío de estas llegaron desde Madrid aSon Sant Joan. La prensa se hizo eco de ese momento. Las imágenes, 20 años antes, mostraban rostros cansados, probablemente en shock. Todos, sin embargo, han vuelto a ir a Nueva York años después. «En 2003 visité la zona cero, que ahora está el Memorial Museum. Me puse a llorar al ver el agujero», lamenta Virginia. Diego Wencelblat y sus hijas han acudido en varias ocasiones. Y también a la zona cero.

Los matrimonios regresaron a Manhattan seis años después de aquella tragedia. «Las escenas que ves jamás se olvidan. Tengo en mente todos los días a todas esas personas que pidiendo auxilio. Pero miedo no pasé».