Mascarilla obligatoria en Baleares. | M. À. Cañellas

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El 13 de julio del año pasado no sólo se impuso el uso de la mascarilla en interiores y exteriores, con algunas excepciones, la llegada del cubrebocas en casi todos los escenarios de nuestra vida traía cambios importantes, en mayor o menor medida, que 347 días después, en las vísperas de su retirada al aire libre, analizamos.

La consecuencia más inmediata fue el encarecimiento de la lista de la compra para los ciudadanos con un gasto mensual medio de entre 72 y 115 euros por familia. Tanto es así que se estimó que en 2020 se incrementó un 75 % el gasto en sanidad de las familias, alcanzando los 1.604 euros. Más allá del coste económico de tener que hacer frente a llevar la mascarilla siempre, su uso prolongado en el tiempo ha provocado un hastío generalizado. El especialista en Medicina Preventiva Joan Carles March reconoce que «hay gente que comenta que llevar mascarilla le ha generado sentir episodios de miedo, de tristeza, de rabia o de frustración», pero ha sido un filtro necesario para poder retomar parte de la actividad con normalidad y evitar contagios. «Es una intervención muy beneficiosa sin apenas externalidades negativas», añade.

Sin duda, sí ha sido determinante a la hora de relacionarnos y librarnos de ella supondrá un período de adaptación, señala Toni Riera, del Colegio de Psicólogos de las Islas Baleares.

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Normalizar el uso de la mascarilla no ha sido fácil. De hecho, la norma se introdujo acompañada de sanciones por incumplimiento y de cierta pedagogía sobre cómo hacer el mejor uso de ellas, de cada una de ellas. Todo, al tiempo que España, y todos los países, movían cielo y tierra para lograr productores y distribuidores de ellas en un mercado falto de stock. El Gobierno de Pedro Sánchez movilizó partidas millonarias para traer mascarillas, especialmente para el personal sanitario. Al igual lo hizo Baleares, que en este año de pandemia ha invertido sólo en protecciones de este tipo para sanitarios hasta 22 millones de euros.

La falta de recursos para dar cobertura a toda la demanda que ha generado, y seguirá generando, propició el reciclaje de empresas dedicadas al textil y también nuevas oportunidades de negocio, a mayor o menor escala -desde pequeños artesanos a empresas productoras de FFP2 han surgido en las Islas-.

La mascarilla no se va del todo. A partir del 26 de junio dejará de ser obligatoria en los exteriores, pero la COVID-19 nos hará seguir usándola por un tiempo; algunos especialistas, como March, no creen que nos podamos librar de ella antes de 2022.
Gracias a ella, han reconocido los médicos, no sólo hemos luchado contra el coronavirus. También logramos entre noviembre y febrero prácticamente borrar del mapa (sólo este año) determinadas patologías respiratorias estacionales, como la gripe o el sincitial en los niños. Aunque en las últimas semanas se están volviendo a detectar bronquiolitis y otros virus respiratorios.

La mascarilla ha impuesto muchas cosas en un año y los especialistas creen que su uso se quedará, se normalizará, como en los países asiáticos como medida preventiva.