Tomás Pueyo.

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Hace algo más de un año, cuando empezó la epidemia de coronavirus, un tal Tomás Pueyo apareció en todos los medios de comunicación del mundo como si fuera un experto en la materia. Recuerdo haberlo visto en televisiones extranjeras y en periódicos de prestigio, en la prensa local y en Youtube. Aunque su formación no tenía nada que ver con la epidemiología, inundó los medios con sus comentarios desde California, donde reside habitualmente. Su éxito, sin ser virólogo, tiene que ver con lo que al final ha ocurrido: la pandemia se convirtió mucho más en un asunto de control y gestión de las conductas humanas que de lucha contra un virus. Y él es precisamente psicólogo especialista en conductas de grupo. Yo no recuerdo haberle leído en aquellos días nada disparatado ni tampoco especialmente brillante, porque recomendaba imitar al Extremo Oriente, lo cual no me parecía entonces muy ingenioso. Con el tiempo, su presencia mediática se desvaneció. Pero llegó a ser un referente porque su primer artículo tuvo 60 millones de lectores, que no se consiguen fácilmente.

Ahora reaparece desde Asturias, donde está refugiado transitoriamente, para reflexionar sobre este año vivido bajo la pandemia. Y dice cosas que me parecen importantes. Por ejemplo, que la principal lección de este tiempo ha sido el fracaso de los gobiernos occidentales. «Pensaba que, en general, las decisiones que tomaban [los gobiernos] estaban razonadas. Ahora está claro que no». «A finales de febrero [de 2020] ya se sabía que si los países hacían como China o como Corea se iban a salvar y si hacían como Italia o Irán, no; y eso es lo que pasó. Tampoco me invento nada, simplemente hay que mirar los datos, ver cómo evolucionan y en función de las decisiones que se tomen se sabe cuál es el camino que se va a recorrer». Evidentemente, alguien debería explicarnos por qué Australia, Nueva Zelanda y varios otros países del Extremo Oriente salieron bien parados de esta crisis y Europa y Estados Unidos, no.

Pueyo desarrolló una extraña teoría «del martillo y de la danza», que sostiene que primero se ha de aplicar un martillo, o sea mano muy dura con el confinamiento más estricto, para continuar con la danza, un relajamiento importante de las medidas sin llegar a la apertura total. Hoy asegura que los países occidentales «se volvieron adictos al martillo, así que veían clavos por todas partes, ¿Nuevo brote? ¡Martillazo!». Pero martillazo mediático, sin controles, sin testeos, sin seguimiento. Lo que vimos en Balears mil y una vez. Todo a medias, pero repetido hasta la saciedad. Es como si le hubieran encontrado el gusto a confinarnos, más allá de los resultados mediocres de estas medidas.

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Ahora, en su reaparición mediática dice ser pesimista. «Solía decir que era pesimista a corto plazo y optimista a medio plazo. Ahora, soy pesimista a corto, medio y largo plazo cuando se trata de gobiernos». Plantea así un problema fundamental: cómo creer a quienes no disponen de mecanismos de toma de decisiones solventes, cómo fiarse de quienes evidentemente representan el papel del poder, pero ignoran los fundamentos más elementales de su función. Lo cual abre la puerta a que la gente confíe en los indocumentados. Por eso hay tantos negacionistas que tienen seguidores, porque las incoherencias y contradicciones de los que supuestamente deberían saber son abrumadoras. Ciertamente, una sociedad que sabe que sus gobiernos son incompetentes y ni siquiera saben suministrar las vacunas, ni son capaces de determinar los riesgos de estas, abre las puertas a la desorientación y la desconfianza, con lo que ello supone.

Diversos pensadores han venido destacando la degradación del poder en Occidente, el desmoronamiento del sistema de valores, de su credibilidad. Este año, desde luego, acelerará profundamente esa pérdida de apoyo ritual, el reconocimiento asociado a la institución, la lealtad social. Nada de lo que podamos congratularnos de cara al futuro. Si fallaron en algo tan elemental como una epidemia, ¿serán capaces de entender su papel en la construcción de una sociedad libre?

Ciertamente, visto con perspectiva, hemos vivido un año en el que fundamentalmente hemos descubierto que nuestros gobiernos no tienen mecanismos para las tomas de decisiones. Esto es menos importante en el día a día porque se abordan cuestiones harto conocidas, rutinarias, repetitivas, pero es tremendo cuando nos enfrentamos a algo nuevo, ignorado, desconocido. Hay un mundo emergente en torno a las nuevas tecnologías ante el que ahora sí no hay duda que nadie está pensando. Así nos irá. Estos antecedentes no son un buen augurio.