Maria Rosa Masobé, en la residencia DomusVI Palma. | T. Ayuga

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Maria Rosa Masobé lleva un vestido de estampados, está sentada en una sala con una inmensa estantería llena de libros y este lunes soplará las 92 velas, justo el Día Internacional de las Mujeres. Nació en la Gran Depresión, en la ciudad pirenaica la Seu d’Urgell. Para entender a esta mujer de sonrisa forzada, estatura alta y con un porte elegante, hay que retroceder a cuando tenía tan solo 15 años.

Sus padres no le dejaban leer, así que se escondía por las noches debajo de las sábanas de la cama, encendía una luz tenue y empezaba a devorar historias. Le gustan los libros sobre vidas ajenas, de personas que quizá han podido ser más felices que ella. La lectura le ha dado la fuerza que le arrebataron hace más de 15 años. Ha perdido a tres hijos, se casó sin amar y ni su familia ni su marido le dejaron nunca trabajar. «Yo lo que más quería era estar en una oficina como secretaria. Pero eran otros tiempos. Qué manía tenían mis abuelos y mis padres de que una nena no podía trabajar. Eso nunca lo quisieron».

Tampoco quiso esta vida, pero, como dice, este ha sido su destino.

Maria Rosa se expresa entre el catalán y el castellano, hace por bromear de vez en cuando e insiste en que tiene ya los 100 años. «Todavía le quedan unos cuantos, Rosa», contestan dos trabajadoras de la residencia DomusVI Palma, su hogar desde hace ocho años. El año pasado superó la COVID-19. Su caso fue asintomático, pero pasó semanas aisladas, que fueron para ella «infernales». Sus días transcurren entre libros y llamadas de su hermano desde Catalunya. Y aunque solo piensa en marcharse para que la entierren con sus hijos y su marido en Lleida, acepta que todavía Dios no la quiere con ella.

Sufrimientos
Hubo un hombre en su localidad con el que cortejaba. No recuerda su nombre pero se enamoró de él. «Mi familia no lo aceptaba, era un chico muy bueno y trabajador. Nunca lo entendí». Tras esa desilusión, ya con casi 27 años, Maria Rosa quiso ingresar en un convento. Iba a convertirse a monja pero tampoco gustó esta decisión. Al poco tiempo, se le impuso un matrimonio forzado.

Se llamaba Joan Vidal, tenía 31 años y por aquel entonces ya vivía en Mallorca. «Era un hombre bueno, estaba siempre pendiente de los críos y de mí». Lo dice con un gesto de conformidad, de «esto es lo que me ha tocado». Tampoco el marido la dejó trabajar porque eso estaba mal visto. «Cuando era joven aprendí costura y confección, pero nunca pude vender prendas para el resto. No, no. Eso era impensable. Hacía la ropa para mí». El guión de su vida tomó un giro inesperado con las muertes de sus hijos. El primero murió con tres meses de vida. Juan José, que hoy tendría 40 años, falleció con 22 años por un accidente de coche. Y Francisco Javier, con 49 años, por un ataque al corazón.

Una sucesión de desgracias han apagado su luz pero no el latido de su corazón. «He perdido todo lo que tenía y una madre nunca olvidará esto. Pero què farem, este ha sido mi destino».

El ritmo de su vida lo marca la resiliencia. Sus recuerdos vienen y van en forma de marejada ciclónica. Lo último fue el coronavirus, que por aquel entonces sonaba a chino. «Yo no entendía en aquel momento por qué me llevaban a una habitación aislada si yo me encontraba bien».

Rosa fue una de las primeras residentes en contagiarse y en curarse. Pero no cree en su fortaleza pese a lo admirada que es. Tampoco en la vida, aunque los planes de Dios son otros para ella. Pero sí cree en la igualdad, «en que las mujeres deben trabajar como un hombre», y no concibe que todavía se las agreda. Maria Rosa cumple años en el Día Mundial de la Mujer proclamado así por qué en 1908 un grupo de trabajadoras murieron en un incendio en una fábrica de Nueva York al declararse en huelga en un símbolo de lucha por sus derechos.