La calle Indalecio Prieto, en Son Gotleu, este jueves, en ebullición en plena época de pandemia. | Pilar Pellicer

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La imagen de Son Gotleu, este jueves, era la de más personas sin mascarilla que con ella puesta. En la plaza del Fra Joan Alcina es donde empieza a notarse la vibración de un barrio sin ley. De pie y con las cervezas medio vacías, Santiago, Víctor y Juan hablan con rabia sobre el incivismo constante derivado de los botellones. Llevan toda la vida paseando por las calles del barrio, que en los últimos días se ha convertido en la zona de Palma con más casos de COVID-19 por cada mil habitantes.

Juan comenta, sin mascarilla –«porque no creo mucho»– el caos que viven los vecinos «porque el Govern no hace nada para parar los botellones. Cada noche dejan las calles sucias. Nos tienen marginados como perros». Como él, Víctor opina lo mismo: «No sé si los políticos nos toman el pelo. Hay casos de coronavirus y nos obligan a llevar a los niños al colegio». Mientras la conversación transcurre, Santiago, el tercero de este trío de amigos, avisa a sus colegas e insta a uno de ellos a que se ponga la mascarilla porque «es importante protegerse».

Control

Varios vecinos reconocen la «falta de pruebas PCR» que se llevan a cabo en esta zona, «teniendo en cuenta que hay un gran foco de contagio». De hecho, según comenta Magdalena, que lleva 58 años en Son Gotleu, «sabemos que hay gente que circula por la calle siendo positiva. Veo mucha irresponsabilidad». Esta vecina justo venía de hacer la compra y vio «gente fumando junta, sin distancia de seguridad y sin la mascarilla». Otro de los problemas que afrontan es el nulo control policial. Las plazas reúnen cada noche movimientos ilegales entre los habitantes. Incluso al mediodía, ya se van observando esas reuniones sin vigilancia.

En una esquina próxima a la plaza Cosme Adrover, Margalida, de 56 años, se muestra «preocupada» por la situación que viven los ciudadanos de Son Gotleu: «No hay dinero, la gente no puede pagar nada. Yo, a finales de septiembre, tengo que cerrar el negocio». Regenta una tienda donde ha puesto el cartel de ‘todo a un euro’. Llevaba ocho meses confinada y solo tres semanas con las barreras abiertas. Es otra de las pocas mallorquinas que abandonará próximamente la manzana. «Se han ido casi todos», lamenta.

Manuel es catalán y lleva nueve años viviendo en esta barriada. Se presenta sentado en un banco, en primera línea de la calle Indalecio Prieto, la arteria del caos. Habla con la mascarilla bajada, mientras en la mano sostiene su cigarro. «Aquí no respetan nada, hay focos de coronavirus». Llama «irresponsable» a esa gente que no cumple las medidas sanitarias. «Yo vengo de un barrio de Barcelona, parecido a este, y es normal que se vean aglomeraciones», asegura. Manuel, sin embargo, no tiene mucho miedo aunque sí lleva consigo su mascarilla. Ya tiene otro virus que le preocupa más, que es el VIH. Sobre los botellones, considera que nadie los vigila: «Aquí solo viene la policía cuando hay sangre».

Algo que no comparte es el vecino Roland. Hace veinte años que está en Son Gotleu. Él pasea por la calle con mascarilla. «Yo no he visto gente con COVID-19. Ni en mi edificio, ni donde trabajo...si hay ley, se tiene que respetar».

Confinamiento

Confinar Son Gotleu es la principal solución que ven los expertos sanitarios para detener la propagación del virus. El delegado del Sindicato Médico, Claudio Triay, ratifica las palabras de un especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, Joan Carles March, asegurando que «ahora es muy difícil que se pueda controla la situación, ya que el contagio ya es comunitario».

Triay defiende la necesidad de confinar el barrio, llevar a cabo rastreos y «hacer test masivos en toda esa zona». El delegado recuerda la situación precaria en la que se encuentra el sistema sanitario, y constata que «las medidas de restricciones de movimiento se están incumpliendo de forma importante». Ante esto, culpa al Govern por «la falta de conciencia social e individual» y opina que en barrios como este se tendrían que poner «facilidades» para poder afrontar un confinamiento. Y avisa: «Esto está pasando de ser un brote a una oleada».