Pau Frau vaticina cambio importantes en las sociedades occidentales tras la pandemia de COVID-19. | T. Ayuga

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Son días de confinamiento. El balcón abierto se asoma a una calle que hace sólo unas semanas era de las más bulliciosas de Palma, ahora apenas transitan unos pocos peatones y una patrulla policial por la epidemia del coronavirus. Son tiempos de confinamiento, quizá también para formular preguntas claves sobre el pasado, presente y futuro; un ejercicio en el que Pau Frau —profesor de filosofía y experto en diagnósticos críticos de la cultura actual— deja claros algunos apuntes.

Profesor, ¿cómo se encuentra? ¿Cómo lo lleva?
—Estoy bastante acostumbrado al confinamiento, de algún modo la vida académica lo lleva; la diferencia es que ahora no es voluntario. La ventaja es que permite aprovechar mejor el tiempo.

¿Esta crisis nos está cambiando a nivel individual o colectivo?
—Aristóteles ya decía que cuando una flecha alcanzaba un guerrero no había que preguntarse quién y cómo había resultado herido, lo primero era sacarle la flecha. Ahora es el momento de la ciencia, la filosofía vendrá después. Pienso que hay que ser prudente con las reacciones, desde las apocalípticas hasta las ideológicas, pasando por las humanistas. Conociendo el contexto anterior, de donde veníamos, hay unas tendencias que se acentuarán.

¿A qué se refiere?
—Me refiero al control de los individuos, que si no estamos alerta se perpetuará y se abrirá el debate sobre la libertad y su uso inadecuado. También el teletrabajo se ha convertido en un campo de pruebas para las empresas, otra tendencia que se puede normalizar después de esta crisis y que puede evidenciar la posibilidad de prescindir de más personal. Otro aspecto que se planteará será el del ocio, como un nuevo modelo de vida sin tener que dedicar tanto tiempo al trabajo. Las comunicaciones virtuales, nuevas formas de cultura ... Y tampoco hay que despreciar que haya gente que haya descubierto en el confinamiento otras maneras de entretenerse y que no tenga tantas ganas de salir de casa.

Plantea casi otra sociedad, un punto y aparte ...
—Efectivamente, puede ser un punto y aparte; en especial en lo que se refiere a la incidencia del movimiento tecnológico.

La frase es recurrente y se recuerda en estos momentos: «Toda crisis es una oportunidad...»
—Soy escéptico. Creo en la experiencia y en la memoria, la crisis económica de 2008 acentuó la situación anterior. Esta frase es una fantasía de la gente. El capital es egoísta y busca el máximo beneficio, que es lo que mueve la realidad. Basta ver que ahora los estados se han cerrado en sí mismos, las autonomías, la propia Unión Europea; todo se ha fragmentado otra vez.

A nivel ciudadano las muestras de solidaridad son continuas ...
—Hay niveles diferentes. Se ha recuperado lo cercano, las reacciones son más civilizadas. Pero también se hace más visible la precariedad, la fragilidad de la sanidad pública. También la fragilidad de los humanos, y es que el hombre también se puede extinguir y esta epidemia es una alerta. Por regla general la gente olvida pronto. No sólo habrá víctimas por el COVID-19, también las habrá en el terreno económico, porque no debemos olvidar que el dinero que se ofrece en las ayudas habrá que devolverlo. Francamente, el futuro más inmediato lo veo muy oscuro.

¿Por qué apenas se habla de la muerte? El otro día el obispo Taltavull se emocionó cuando hablaba de muertes clandestinas.
—La muerte siempre ha estado acompañada de grandes rituales y ahora no hay nada que los sustituya, pienso que será necesario organizar ceremonias colectivas en recuerdo de los fallecidos en esta epidemia. Ya vivíamos de espaldas a la muerte, que también tiene un sentido pedagógico como forma del tiempo de nuestra existencia. Percibo una recuperación del pánico a la muerte, ahora la tenemos aquí, cerca y el no querer enseñarla nos ha debilitado. Es lo de siempre, hasta que no llega el desastre no nos damos cuenta de nuestras necesidades, por eso creo que hay que potenciar la memoria y la experiencia. Mire, los youtubers y los influencers, tan famosos en estos tiempos, no nos salvarán, lo harán quienes hayan estudiado. Es por eso que defiendo la recuperación de la memoria y la experiencia.

¿Cambiarán nuestras relaciones sociales? ¿Se perderá la ‘mediterraneidad’ como manera de ser?
—Los individualistas, los prepotentes, los narcisistas... Estos han sido muy golpeados por esta situación. Creo que se recuperarán las reflexiones clásicas. Para los japoneses tocarse es un tabú, pero es posible que ahora nos volvamos más distantes en el contacto personal aunque tampoco creo que cambien mucho nuestras costumbres. Quizá se impongan algunos hábitos nuevos derivados de esta pandemia.

A título personal, ¿qué es lo que más le ha sorprendido de esta crisis?
—La censura informativa. Nunca me había sentido tan engañado como ahora. La información oficial se ha planteado como una sucesión de curvas y números obviando la realidad. ¿Dónde está el sufrimiento de la gente? No sé si es por proteger o porque no interesa contarlo.

La UIB ha decidido acabar el curso de manera ‘virtual’ ... Vamos, que no se volverán a abrir las aulas.
—Personalmente no fomento la relación con los alumnos, tengo claros los papeles entre el profesor y sus alumnos (admite que no es propenso a la cercanía pero le gusta la docencia por el contacto con los jóvenes). No obstante, las clases por videoconferencia es una fórmula nueva para la vida académica, aunque ya se utilizaba en másters y conferencias; no tanto en el día a día. Las herramientas que utilizamos son muy útiles y los estudiantes son adultos y responsables. No obstante, admito que ahora será más difícil interactuar.