El azul se ha transformado en el símbolo del autismo y, ayer, un hombre y una niña paseaban por la calle Jaime III a un metro escaso del mostrador en el que este color compartía protagonismo con el verde.

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«Mi marido salió con Dani la semana pasada y los vecinos empezaron a decirle de todo desde los balcones, que menuda educación le estamos dando». Esta es la realidad que vivió hace unos días el pequeño, de cinco años y con autismo. Su madre, Andrea Carrera, lamenta que haya personas que no entiendan que su hijo necesite salir de casa de vez en cuando «porque es un niño muy acelerado y, como no tiene miedo al peligro, se sube por el respaldo del sofá o corre por el pasillo hasta tropezarse y caerse. Es muy fácil que se haga daño».

El Ministerio de Sanidad permite a las personas con autismo salir a la calle durante el confinamiento porque son un colectivo que ante una situación como ésta pueden desarrollar conductas difíciles. A Dani, por ejemplo, le produce rabietas y se estresa mucho. «Cuando nos vamos a pasear se pone siempre su mascarilla y se porta muy bien. Pero hay gente que nos han llegado a decir que somos unos irresponsables por salir a la calle con él». Andrea defiende que el pequeño está muy concienciado de que «no tiene que tocar nada».

La presidenta de la asociación Ningún Niño Sin Terapia, Tamara Beier, asegura que hay familias con menores, que padecen algún tipo de trastorno mental, que han tenido que saltarse el confinamiento y «les ha ido muy bien». Tamara también tiene un hijo con autismo. Se llama Gerard y de momento no echa de menos la calle, «aunque ha tenido algunos momento de euforia y momentos de llanto, pero lo he podido controlar».

Lo que lleva peor Andrea Carrera es controlar a Dani. «Es un niño fácil de reconducir, pero cuando está estresado es complicado». Por eso, dar un paseo por el barrio «le ayuda mucho». Prefieren salir por la tarde porque por la mañana su hijo está «acelerado». No obstante, como los demás niños, él sigue una rutina diaria y hace sus deberes. «Más o menos lleva bien esta situación», asegura la madre. Muchas familias con niños con trastornos o discapacidad no entienden que haya gente criticando que salgan a la calle. «Muchas veces me han mirado mal si mi hijo estaba chillando. Una vez, una mujer que iba por la misma acera me dijo que ‘lo que tiene mi hijo es mala educación’. Me sentí impotente. La gente no tiene ni idea ni respeto».

Desde el centro Mater Misercordiae, una madre, que tiene un hijo con problemas, lamenta esta clase de situaciones con algunos vecinos pero asegura que «las madres que conozco y que han salido a la calle con sus niños no han tenido problemas».