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La infanta Cristina se ciñó al guión estudiado a conciencia con sus abogados y, en el transcurso de un interrogatorio de casi siete horas, lo negó todo. «No conocía el origen delictivo de los fondos de Aizoon; no hice de escudo fiscal, tengo fe ciega en mi marido», afirmó en el transcurso de una declaración histórica, ya que por primera vez, una infanta de España comparecía en calidad de imputada por dos delitos: contra la Hacienda Pública y blanqueo de capitales.

La hija del Rey respondió con evasivas a un tanto por ciento elevado de las preguntas formuladas por el juez José Castro en tono «serio, pero muy respetuoso», según varios de los abogados presentes en la sala. Sus respuestas más utilizadas a las preguntas fueron: «Lo desconozco, no lo sé».

La Infanta llegó a la sede judicial quince minutos antes de la hora fijada para el inicio de su declaración, las diez de la mañana. Descendió por la rampa en coche y dio catorce pasos antes de entrar al juzgado y saludar a uno de sus abogados, José María Silva. Ya no se le volvería a ver hasta el final del interrogatorio, es decir, utilizó la sala que le habían habilitado en el juzgado en los dos recesos realizados, el primero de 10 minutos a las 12.45 horas, y el segundo, a las 15.00 horas, de una hora y media, para comer.

Declaró muy segura de sí misma y de forma muy educada hacia todos los presentes en la sala, según varios de los abogados personados, y sólo evidenció ciertas dudas cuando la letrada de Manos Limpias, Virginia López, le enseñó correos electrónicos remitidos por Julita Cucurella, vinculados a unos pagos en los que aparecía su nombre. La hija del Rey no esperaba que le exhibiesen esos e-mails , y salió del paso afirmando que desconocía su contenido. Uno de los momentos distendidos del interrogatorio fue cuando se le preguntó por alguno de los gastos personales que había efectuado con la Visa Oro de Aizoon, entre ellos, asesoramientos de 'coaching' y clases de baile, merengue y salsa. Con respecto a la primera cuestión la admitió como cierta, pero negó la segunda subrayando que sólo había tomado, años atrás, clases de flamenco. El juez, andaluz de Córdoba, se felicitó por ello.

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Declaró que no tuvo ninguna participación en los negocios de Aizoon, que tampoco firmó documento alguno y muchos menos actas de la sociedad, cuya propiedad compartía con Iñaki Urdangarin.

Confianza ciega

La hija del Rey dijo que no administraba la empresa; confiaba ciegamente en su marido. Jamás tuvo conocimiento alguno de que detrás del dinero de Aizoon se escondieran actividades delictivas de su marido y nunca estuvo presente en la sede barcelonesa de la sociedad. Eso sí, admitió que su padre le pidió a su cónyuge que dejara sus actividades en Nóos en 2006.

Dijo que había usado las tarjetas de créditos para abonar parte de sus gastos personales sin sospechar, siquiera, que podía tratarse de fondos de dudosa legalidad y muchos menos que procedieran del entramado de Nóos.

En ningún momento, enfatizó, hizo de «escudo fiscal» en Aizoon, tal y como declaró ante el juez el notario Carlos Masiá. Dijo que la decisión de fijar la sede de la sociedad familiar en su casa de Pedralbes fue de su marido, al igual que la contratación de inmigrantes, y por supuesto, no se lucró con la mitad del 1,3 millones de euros generados por la empresa ni tampoco participó en el «vaciado» de sus fondos, como afirma el juez Castro en su auto de imputación. El dinero que recibió de su padre, el rey Juan Carlos, 1, 2 millones, lo destinó a pagar parte del coste de la vivienda en Pedralbes y provino de un préstamo, no de una donación, y por ello, lo reflejó en el Impuesto de Patrimonio.