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Como es habitual, la banda terrorista ETA ha hecho su entrada en la campaña electoral con una bomba trampa que pretendía que estallara al ser manipulada por la Ertzainza. Con ello queda demostrada la intención de matar de los asesinos de siempre. De hecho, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ya había apuntado días antes que los terroristas lo iban a intentar antes de las elecciones del 9 de marzo.

Es una constante de todas las convocatorias electorales de nuestra democracia reciente la presencia de los actos violentos y, en demasiadas ocasiones, trágicos y sangrientos de los bárbaros de las pistolas y las bombas. Es su peculiar manera de hacerse notar, de hacer política.

Frente a estas actitudes irracionales no cabe la batalla partidista, que no debiera entrar en recriminaciones de una parte ni en actitudes tibias de otra. Es la unidad de todos los demócratas la que se requiere frente a la sinrazón asesina. Aunque bien es cierto que llevamos una legislatura que ha estado marcada por el debate estéril sobre este asunto, con acusaciones al Gobierno de cesión frente al terror frecuentes por parte de los populares.

Es evidente que ETA, si puede, intentará marcar el tiempo de la campaña y de las elecciones, pero sería lamentable que los principales partidos políticos del Estado, PP y PSOE, por mero partidismo o electoralismo cayeran en la trampa.

Hace cuatro años el terrorismo islamista nos golpeó de forma cruel, ahora sería un golpe terrible a nuestro sistema que nos dejáramos llevar y diéramos cancha a los que quieren seguir coaccionando, violentando, extorsionando, matando para imponer sus criterios frente al rechazo de una inmensa mayoría.