Miembros de las tropas rusas, en tanques. | ALEXANDER ERMOCHENKO

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La decisión del presidente ruso, Vladimir Putin, de poner en alerta las fuerzas de disuasión nuclear ha devuelto a la escena política internacional un tipo de armamento que se consideraba tabú. Tras la Guerra Fría, las potencias apostaron por un desarme progresivo, si bien Rusia y Estados Unidos siguen teniendo en sus arsenales herencias de una estrategia militar que concebía arrasar con el enemigo a cualquier precio. Las armas nucleares sólo se han utilizado en guerra en dos ocasiones, ambas por las fuerzas de Estados Unidos. Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y sus decenas de miles de muertos llevaron en el escenario del postconflicto a repensar dónde debían estar las líneas rojas en caso de enfrentamientos armados.

La primera resolución aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1946, estableció una Comisión para tratar los posibles efectos colaterales la energía atómica, y a partir de ahí la comunidad internacional trabajó en favor de compromisos tangibles de los que, sin embargo, las grandes potencias siempre han sido recelosos. El Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) es la piedra angular de estos esfuerzos globales: entró en vigor en 1970 y cuenta con la firma de 191 países, entre ellos Estados Unidos y Rusia.

También se han adoptado otros textos como el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares (TPAN), que entró en vigor hace algo más de un año y está considerado el primer instrumento de Derecho Internacional Humanitario para mitigar las consecuencias humanitarias catastróficas derivadas del uso y el ensayo de armamento atómico. Naciones Unidas estima que se han realizado más de 2.000 ensayos nucleares y ha insistido históricamente en dejar este tipo de armas fuera de cualquier pulso político. En enero de este año, de hecho, las grandes potencias nucleares --Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia-- firmaron un comunicado inédito para subrayar que las guerras nucleares «no pueden ganarse ni deben librarse».

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El desarme internacional ha avanzado al albor de la geopolítica, con idas y venidas marcadas principalmente por las relaciones y suspicacias entre Estados Unidos y Rusia. No en vano, quienes fuesen rivales durante la Guerra siguen copando la capacidad armamentística global en materia atómica. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) estima que los nueve países que tienen --o al menos se sospecha-- armas nucleares sumaban entre todos más de 13.000, un ligero descenso en relación a los datos de 2020. Sin embargo, la tendencia se invierte si se tiene en cuenta únicamente las armas desplegadas en fuerzas operativas, ya que en 2021 aumentaron ligeramente, hasta superar las 3.800.

De ellas, unas 2.000 --prácticamente todas en Rusia y Estados Unidos-- permanecían en lo que se conoce como un estado de alerta operativa alta, es decir, más fácilmente desplegables en caso de recurrir a ellas. En el caso de Rusia, el SIPRI apunta que aumentó su arsenal nuclear general en unas 180 ojivas, principalmente por el despliegue de más misiles balísticos intercontinentales terrestres con múltiples ojivas (ICBM) y misiles balísticos de lanzamiento submarino (SLBM). El instituto sueco ha aclarado que, pese a estas cifras, las fuerzas atómicas estratégicas desplegadas por las dos grandes potencias aún están dentro Tratado para la Reducción de Armas Estratégicas Ofensivas (Nuevo START), firmado en el año 2010 por Barack Obama y Dimitri Medvedev, quienes por aquel entonces eran presidentes de Estados Unidos y Rusia, respectivamente.

El actual inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, ha admitido que el último paso dado por Putin en plena ofensiva militar en Ucrania es «peligroso», aunque no definitivo. En este sentido, esta misma semana señaló que por ahora no se percibe ninguna amenaza de índole nuclear y su Gobierno ha apostado por la vigilancia sin elevar el nivel de alerta.