Vacunación contra la COVID-19 a un ciudadano de Israel. | Reuters - RONEN ZVULUN

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La abundancia de vacunas, su rápida administración y una efusiva vuelta a la normalidad generaron en Israel una ilusión pospandémica que se evaporó en pocos meses, debido en gran medida al estancamiento en las cifras de inoculados, ya que más de un millón de adultos se niegan a vacunarse.

Israel fue de los países pioneros en iniciar la inoculación, el pasado diciembre y con la vacuna Pfizer, con una campaña que en poco tiempo posicionó al país como líder mundial. Con ello volvió la ansiada normalidad bajo la forma de conciertos, eventos masivos y caras destapadas, pero la fiesta terminó antes de lo pensado.

Un incesante aumento en los casos desde hace dos meses ha sumergido al país en una cuarta ola de la COVID-19 -la primera posvacunación-, con cifras de contagios diarios que rondan los 8.000 y se acercan a los máximos registrados en enero, y con una tasa de positivos en torno al 6 %, tras haberla reducido a prácticamente cero en junio.

Según los expertos, esta cuarta ola se ha consolidado por la conjunción de una serie de factores: la propagación de la agresiva variante delta, una errónea sensación por parte de la población de que la pandemia había terminado, el declive de la inmunidad entre los vacunados con el paso del tiempo y la gran cantidad de personas que no quieren recibir la vacuna.

Mientras 1,1 millones de personas se niegan a recibir la vacuna -el 12 % de la población- el país ha centrado sus esfuerzos en acelerar una también pionera campaña de la tercera dosis, que ya han recibido más de 1,4 millones de personas mayores de 40 años desde que comenzaran a aplicarla en julio.

Aunque los ensayos preliminares muestran su efectividad en elevar anticuerpos -un 86 % en mayores de 60 años-, la campaña previsiblemente chocará con el mismo obstáculo: los que no quieren recibir el pinchazo.

Tras superar los cinco millones de inoculados a mediados de marzo, Israel, con poco más de nueve millones de habitantes, observó con sorpresa un repentino aplanamiento de la curva de vacunados, que se ha estancado en casi 5,5 millones de inoculados con ambas dosis.

Las cifras del Ministerio de Sanidad evidencian que la cantidad de personas que rechaza la inyección varía con la edad: un 20 % de los adultos de entre 20 y 50 años no quiere recibirla; entre los 50 y los 70 años son alrededor de un 15 %; y entre quienes superan esa edad el porcentaje es menor al 10 %.

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A pesar de que la cifra de vacunados es ampliamente superior a la de no vacunados, durante esta cuarta oleada la distribución de contagios ha sido similar entre ambos grupos y lo mismo ha sucedido con la cantidad de casos graves, que ya son 670 pacientes, 104 conectados a ventiladores.

«Los no vacunados están sobrecargando el sistema», explica a Efe Nadav Davidovitch, director de la Escuela de Salud Pública de la Universidad Ben Gurión y asesor del Gobierno en la gestión de la pandemia, que señala además que la población de riesgo que decide no vacunarse es la principal razón por la cual los hospitales están recibiendo cada vez más casos serios.

«Los no vacunados tuvieron un papel muy importante en el comienzo de la cuarta ola», señala a Efe el profesor Bishara Bisharat, también miembro del gabinete de asesores del Gobierno y que opina que «de no haber tenido esta cantidad (de no vacunados), tal vez se podría haber evitado esta nueva ola, o habría sido más leve».

El interrogante entonces es quiénes son y qué motivos esgrimen los que no se quieren vacunar. Según los expertos, el 30 % de los no vacunados forma parte de la minoría árabe de Israel, que representa cerca de un 20 % de la población.

En las zonas con menores índices de vacunación destaca también la presencia de comunidades judías ultraortodoxas, que al igual que los árabes, registran algunos de los índices de recuperados más altos del país.

Según Bisharat, el denominador común entre quienes no se quieren vacunar no radica en cuestiones religiosas, políticas o ideológicas, sino que se resume en la pobreza, la falta de conocimiento en cuestiones de salud y la dificultad de acceder a información confiable, algo que aplica a ambas comunidades.

A estas minorías se agregan además personas de todo el país, que sin patrones claros de religión, posición socioeconómica o lugar de residencia, han optado por no vacunarse por motivos de lo más diverso, y que van desde el temor ante posibles efectos secundarios duraderos de la vacuna hasta teorías conspirativas que niegan la existencia de la pandemia.

«La mayoría no son antivacunas en general, ya que los índices de vacunación en Israel son muy elevados», remarca Hagai Levine, epidemiólogo de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que opina que «se debe hacer un mejor trabajo para que la gente confíe en los especialistas», incluyendo campañas que lleguen a estas minorías, que suelen vivir bastante aisladas.

Las personas no vacunadas «se ponen a sí mismas en riesgo y contribuyen de manera significativa al riesgo que la pandemia representa para la sanidad pública», señala Levine, aunque aclara que las vacunas no son la solución definitiva, sino una «importante herramienta» de prevención pero no la única.