Gallos finos

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Distinguidos lectores: ahora que parece haber pasado el verano con su miscelánea de calores y sinsabores, sol y fina arena de día y placenteras noches con luz de luna, vacaciones para muchos y colapsantes atascos para todos, cierres de playas por vertidos fecales y turistas suicidas bajo efecto de drogas practicando el salto mortal sin red.

Cristalinas aguas bronceadas de sebo etílico, medusas inquisidoras, alguna tintorera desorientada en la orilla y esbeltas morenas muertas por una plaga que parece no importar a nadie. Borrachera permanente y fiesta salvaje es la imagen ejemplarizante que aparece estampada en la prensa mundial del paraíso llamado “Mallorca” que en su día bautizó “Isla de la calma” el genio y maestro Santiago Rusiñol. Y todo sigue su curso sin que nadie se despeine. Los lobys de turno hacen su “agosto” como todos los años y colas de oportunistas sagaces se suman a este banquete de mentalidad cortoplacista.

En otra parte del escenario, políticos y gobernantes han exhalado el último bostezo de su letargo estival y con ínfulas de torero y sonrisa de caimán han regresado a la gallera para reiniciar las descastadas riñas soporíferas y vacuas de contenido contra sus adversarios, que resultan ser de igual o peor talante. El teatro está servido. Nos informan de lo mucho que hacen para seguir sin hacer nada digno de mención. Las poltronas son golosas y adictivas y precisan de expertos comediantes. Apaños y remiendos en leyes turísticas a golpe de ocurrencias para confundir más al castigado ciudadano que anda perdido en laberintos burocráticos.

En Madrid el guión se repite. Los gallos finos se reincorporan a la cancha para hacernos ver que se descuartizan; con pintura roja y espolones de goma. El pueblo reclama sangre y pide espectáculo. Nuestros titiriteros nos la dan. Se arrojan sus manipulados historiales académicos a la cabeza para cerciorarse de que todos son culpables.

La crispación general se percibe en todas partes: en la espera de un semáforo, en la caja del súper, en la consulta del odontólogo, en la cola del cine...excesiva electricidad estática que no permite discernir con claridad. El ciudadano—que ha sido engullido por la sociedad—ya se ha olvidado del concepto de felicidad, pero para todo hay una solución. Pronto algún iluminado se sacará una ley de la chistera prohibiendo la infelicidad.

Mientras suben los carburantes, el recibo de la luz, la cesta de la compra...y los gallos finos siguen cacareando.