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La participación de la cultura en los procesos de desarrollo territorial ha sido especialmente notable entre algunas ciudades industriales en declive como Glasgow y Bilbao que, en su momento, necesitaron desplazar la base de sus economías desde la producción de bienes industriales al consumo de servicios. Hoy en día, todas las ciudades ven en la cultura un elemento estratégico, pero no todas consiguen el anhelado ‘efecto Guggenheim’.

Y es que aunque las estrategias territoriales para desarrollar la ciudad desde la cultura pueden ser de carácter genérico, en general se requiere de un tipo de acción específica, especialmente significativa, para que la cultura se erija en un motor de transformación de la ciudad y, con ello, de renovación del tejido productivo. Buen ejemplo de ello es el proyecto de creación del Museo Guggenheim Bilbao en 1991. Hay que recordar que el museo se puso en marcha en 1997 después de una elevada contestación social, especialmente desde sector cultural vasco, que entendía que dicha inversión supondría una importante merma de recursos para el resto de las iniciativas culturales. Ciertamente, el Museo Guggenheim no era un proyecto fruto de una demanda social, ni siquiera resultado de un proceso de debate sobre las necesidades culturales y de creación artística del País Vasco, sino que era un proyecto que respondía fundamentalmente a las necesidades de desarrollo económico y de regeneración urbana de Bilbao. El hecho de que fuera un proyecto resultado de una colaboración público-privada también fue objeto de crítica.

Con el tiempo, el ‘efecto Guggenheim’ no ha pasado desapercibido a otras ciudades. Pero su éxito no descansa en una obra emblemática de arquitectura, ni siquiera en una función museística orientada a conservar y exponer el arte de este siglo. Su verdadero éxito reside en haber buscado de forma premeditada (y haber sabido encontrar) cómo aprovechar el enorme potencial de la cultura para dinamizar el tejido urbano y socioeconómico de Bilbao. Esta es la clave de su éxito: haber erigido la política cultural en un pilar, junto a otros, de un amplio plan de desarrollo económico regional centrado en el conocimiento, la creatividad y la innovación.

A día de hoy, muchas ciudades siguen promoviendo de forma genérica planes estratégicos culturales, bajo el paradigma de la cultura de proximidad (bibliotecas, centros culturales de proximidad, museos, teatros, etc.), pero ejemplos como el Museo Guggenheim de Bilbao, el pionero sistema museístico regional de Umbría (Italia) o las tecnópolis francesas asociadas a grandes ciudades, como Lion o Burdeos, o a ciudades medias o pequeñas con universidades o centros de investigación especializados, como Montpellier, e incluso a zonas turísticas como Sophia Antipolis en la Costa Azul francesas, deberían habernos enseñado que las acciones y procesos culturales afectan a otros sectores más allá de su ámbito ‘tradicional’ y que solo en el marco de una estrategia planificación estratégica urbana, se puede aprovechar su centralidad, su valor estratégico y su transversalidad en la mejora del atractivo y calidad de vida de las ciudades.

En definitiva, si algo caracteriza el ‘efecto Guggenheim’ es la planificación, no el arte. Los planes culturales deben ser en el siglo XXI y en el marco de una nueva economía parte de un plan estratégico de desarrollo económico, pues solo de esta forma es posible que las ciudades enfaticen sus aspectos más innovadores y aprovechen las oportunidades que brinda la sociedad del conocimiento y de la globalización en favor de una mayor libertad y creatividad, mayor desarrollo y democracia, mayor justicia social, inclusión y participación.