Los turistas y la Unión Europea

| Palma |

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Hemos leído a una alta autoridad isleña hablar de limitar la llegada de turistas al territorio en el que va a ejercer sus recién estrenados galones, democráticamente obtenidos.

Resulta reconfortante tener representantes públicos que son capaces de provocar nuestra imaginación. La afirmación hecha es un eslogan conciso que conecta fácilmente con la percepción social de ciertas zonas turísticas masificadas. El razonamiento no puede ser más simple: estamos saturados, por tanto si impedimos la llegada de más turistas, estaremos mejor. Uno piensa, ¿cómo no se le había ocurrido antes a nadie?

Sin embargo, no se alcanza a ver cómo se puede llevar a la práctica una idea tan sencilla. En primer lugar, la limitación sería anual, un suponer. Dentro del año, más dudas, ¿se limita por meses? ¿Se tiene en cuenta el calendario católico romano, por aquello de la Semana Santa? ¿Se limita en temporada alta? Esto último parece lógico/intuitivo. En Balears, la tan esperada desestacionalización sufriría un golpe mortal sino fuera así. Sin embargo, si así fuera, al menos en Balears, el éxito final de la medida sería convertir todo el año en temporada alta. De momento, julio y septiembre serían nuevos agostos, octubre y junio, “medios agostos”... No sé si es esto lo que se busca.

Me imagino los razonamientos, que a ratos serán bizantinos, sobre la condición de un viajero que llega a la isla: turista, pariente cercano, lejano, amigo, amigo de FB, currito, parado que viene a buscar curro, viajante de comercio... La condición del viajero da mucho de sí. Y además, todo ello controlado por personal administrativo. Y todo ello sabiendo que si eres turista no pasas, pero que si viajas a ver a un amigo, sí viajas. Me da que esto potenciaría la oferta vacacional en pisos (a lo mejor es lo que se pretende). Desde luego, sacar un billete de avión en la web de las líneas aéreas, tendría un divertimento más. Desde otros puntos de vista, se vislumbran “pequeños detalles” de incoherencia. El título III del Tratado de Roma de 1957, denominado “libre circulación de personas, servicios y capitales”, encuentra, aun derogado, su valor ante declaraciones como estas. Me admira la previsión de los fundadores de la Unión Europea. Incluso pensaron en esto. Menos mal.

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