El escritor Jordi Ibáñez. | Jaume Morey

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El ciclo Sa Nostra Conversa llegó ayer a su penúltima jornada de la mano de Jordi Ibáñez y Carmen Pardo, que debatieron sobre la educación bajo la temática de Aprendre, de qui? El profesor de la Universidad Pompeu Fabra atendió a Ultima Hora para desarrollar precisamente sus impresiones sobre la situación de la educación, de la filosofía y su utilidad en la sociedad actual. No se muestra excesivamente optimista el catalán que ayer se decantó por problematizar el concepto mismo de ‘aprender’.

«No estoy seguro de que el verbo aprender sirva» en su experiencia como profesor. «Es un verbo resbaladizo y complicado» ya que hay otros como «practicar, experimentar, descubrir, instruirse» y se suma la figura de la persona de quien se aprende, lo que «problematiza la idea de maestro, la fuente de información». De ello, extrae Ibáñez que «el mejor maestro es el que no sabe que enseña, que las inteligencias son todas iguales y todo está en todo».

La universidad es uno de los centros de aprendizaje más prestigiosos históricamente, sin embargo opina Ibáñez que «se han vuelto muy populares desde los años 60 y están muy masificadas». A su vez, «se resisten a producir élites, aunque al mismo tiempo juegan con eso, y necesitan estar al servicio del mercado laboral, por lo que fabrican masas de ciudadanos inoperantes» y genera que en algunos campos la orientación sea muy confusa, «singularmente en las Humanidades, que son un cajón de sastre».

Ralentizar

Frente a ello, la filosofía tampoco aparece como una suerte de salvavidas, o como lo explica Ibáñez: «Como la lucecita en tiempos de tinieblas», sino que «la propia filosofía pertenece a las tinieblas actuales y filosofías hay muchas, algunas ni se reconocen entre ellas como tales por ser tan dispares». Él mismo, que se ubica en los confines, al venir desde la germanología y haberse dedicado a la estética y el arte durante mucho tiempo, detalla que la filosofía «invita a un pensamiento que no está en las otras disciplinas. Su virtud no es el elogio de la inutilidad, porque también es inútil el parchís, lo interesante es el modo de pensar que no tiene una utilidad inmediata, sino que se sitúa en lo inverosímil».

Preguntado sobre si este tipo de pensamiento, más pausado, se opone a nuestra sociedad es especialmente proclive a un deterioro en la enseñanza, por las prisas y la aceleración con la que todo se mueve, señala Ibáñez que «no está mal que alguien vaya a pie cuando dos van en cohete». «Las diferentes velocidades no son malas», especialmente cuando se ve que la prisa va asociada «al engaño, la confusión, y que frente a ello alguien diga: un momento, vamos a otro ritmo», destaca el profesor.

Echando la vista hacia el futuro inmediato, no es muy optimista Ibáñez sobre la educación, la universidad y el porvenir:«Lo veo mal. Este año será el último que haga una asignatura de primero que daba por gusto. Los chicos llegan desde la pandemia bastante tocados, y no digo psicológicamente, sino a nivel de hábitos, y la sensación es que la Secundaria es un descalabro», opina.

A ello añade que debería haber notas de corte también en las carreras humanísticas como las hay en ciencias. «Yo soy de derechas en esto y creo que la universidad no debe ser algo que se dé por sentado para todo el mundo porque fabricas infelices y hay que ser razonablemente elitistas», comenta el catalán que apela también a la «caída de nivel que te encuentras no solo en los alumnos, sino también en los profesores, que están maltratados. Hay capas que deberían cuidarse más porque, si no, logras que algo que es serio no funcione y la consecuencia son generaciones tocadas por estos errores». Y zanja: «La universidad no debe ser para todos. Es como pretender que en el ejército todos sean generales o en política todos lleguen a presidente del Gobierno».