Joseff Egger, en una fotografía tomada en el año 2003 para este diario. | Joana Pérez

El de ayer fue un día triste para la sociedad y la cultura mallorquinas. Se apagó la luz de Josef Egger a los 97 años, quizá el austríaco más ilustre que ha pisado Mallorca –con permiso del Arxiduc Lluís Salvador–, un enamorado de esta tierra, de su gente, de su cultura y, sobre todo, de la Orquestra Simfònica de les Illes Balears, formación que gracias a su impulso es hoy una de nuestras grandes joyas. Fundador de la Asociación Austriaca de Amigos de Mallorca y gran empresario, deja una huella imborrable en las Islas.

Tercer hijo del famoso actor Josef Egger –actuó junto a Clint Eastwood en Por un puñado de dólares–, desde muy pequeño la música le apasionó, aunque no tardó en sumergirse en el mundo de los negocios, un camino lento, pero sin pausa, y trabajó en importantes empresas de su país en sectores como la restauración o la energía eléctrica. Su creciente éxito, gracias a su carisma y su magnetismo, le llevó a invertir en hoteles y apartamentos en España, concretamente en Tenerife; de hecho, fue uno de los descubridores del baluarte turístico de la Playa de las Américas.

Mallorca

Fue a los 60 años cuando Josef Egger comenzó una nueva vida tras dejar aquel mundo de negocios atrás. Era el momento de iniciar otra etapa, una que le trajo a Mallorca en un viaje en velero, de la que se enamoró a primera vista. En el año 1985 compró su primera casa aquí, en Cala Vinyes. Más tarde adquirió una gran finca entre Esporles y Puigpunyent, que ha sido su hogar junto a su esposa Elfie. Fue entonces cuando comenzó a estudiar la figura del Arxiduc Lluís Salvador y decidió dar a conocer su figura, y también Mallorca, en Austria.

Más tarde, en 1993, Egger fundó la Asociación Austriaca de Amigos de Mallorca, que cuenta con un centenar de miembros y que se dedica principalmente al intercambio cultural entre la Isla y Austria.
La labor cultural de Egger a lo largo de todas estas décadas tuvo a una gran protagonista, la Orquestra Simfònica, con la que entró en contacto a principios de la década de los 2000 colaborando con los festivales de Bellver, donde trajo a grandísimas figuras del momento.

Uno de sus primeros hitos fue organizar el primer concierto de la Simfònica en Viena, donde se interpretó la obra Mallorca, de Samper, cumpliendo así uno de sus sueños: generar lazos culturales entre ambas tierras.

Otro hito, y uno determinante, fue cuando en 2011 salvó a la Orquestra de su desaparición, durante la etapa de José Ramón Bauzá en la presidencia del Govern. Egger tomó cartas en el asunto, constituyó la plataforma Amics de l’Orquestra Simfònica, charló con todos y cada uno de los políticos de entonces y no cesó en su empeño por lograr la supervivencia de la formación. Lo consiguió, y gracias a su esfuerzo y buen hacer la orquesta comenzó su más esplendorosa y exitosa andadura. Una que se prolonga hasta el día de hoy, cuando restan meses para que la Simfònica tenga un nuevo hogar, la Caja de Música, otra de las más grandes ilusiones de Egger.

Numerosos reconocimientos, premios –como el Siurell de Plata de esta casa en 2005– y homenajes han reconocido una trayectoria impecable. La Isla, sin duda, tiene una deuda con este activista y agitador cultural que deja un legado y una huella imborrables. Esa a la que tanto quiso desde que la avistó por primera vez viajando en aquel velero en aguas mallorquinas.