El escritor Chuck Palahniuk posó para esta entrevista desde el hotel Innside Calvià Beach. | Laura Becerra

En El club de la lucha creó uno de los personajes más citados de las últimas décadas. Tyler Durden, encarnado en la gran pantalla por Brad Pitt en la cinta de David Fincher es uno de esos protagonistas que se quedan en la memoria. Pero la escritura de Palahniuk va mucho más allá de aquel éxito de ventas liderado por ese nihilista autodestructivo. El americano recaló este sábado en el Festival Literatura Expandida a Magaluf, conocido como FLEM, donde mantuvo una charla pública con el periodista Javier Gallego y donde presentó Plantéate esto, su nuevo libro que incluye un enfoque personal sobre la escritura. Sobre él y otros muchos temas trató el autor ayer desde Magaluf.

¿Cómo surgió Plantéate esto?
—Mi profesor, Tom Spanbeaur, estaba teniendo muy mala salud, pero la idea era escribirlo juntos. Estuvimos años hablando, pero su salud empeoró, así que decidí hacerlo yo y contar a todo el mundo lo que él me enseñó. En realidad hay muy poco material inventado, la mayoría se basa en los mejores escritores que me han influido y es una forma de reconocerles a ellos y a Tom.

Algunos autores reniegan de los cursos de escritura, pero usted se formó en uno. ¿Los defiende?
—Cuando me refiero a cursos no hablo de los académicos, sino a algo más cercano a un maestro profesional y un aprendiz que quiere convertirse en profesional. Nosotros éramos solo seis personas y le pagábamos 20 dólares a la semana por las clases en su cocina. Nos leía, nos enseñaba técnicas y bebíamos mucho vino. Era más parecido a una fiesta que a una clase, la verdad (risas).

El club de la lucha explora una nueva masculinidad. ¿Es una forma de renegar de la anterior o una búsqueda al haber desaparecido los modelos vigentes?
—Cuando escribí el libro había una cultura de masculinidad muy estilizada. Muchas revistas de bikinis, los hooligans eran vistos como referentes. En esa época, el escritor Joseph Campbell habló de la idea del padre secundario. Según explicaba, todos los chicos y chicas tienen un padre primario que es quien les quiere sin importar nada, pero luego llega este padre secundario que es quien les enseña lo que el otro no puede. Ya sea un párroco, un militar, etcétera. Pensé que no teníamos esa figura para nosotros. Había ejemplos, como en Rocky y el entrenador, y también en El diablo viste de Prada con una madre secundaria. Yo quise experimentar con esta idea y al final El club de la lucha es un intento de crear este padre secundario.

Ese libro generó un gran impacto en muchos, ¿cómo es su relación con sus lectores?
—Nunca había sido escritor antes y no tenía ni idea de cómo reaccionar cuando empecé a recibir montones de cartas. Me parecía un trabajo muy aburrido contestar todas con un mensaje genérico, pero asumí que era mi responsabilidad. Sin embargo, recordé que cuando era pequeño, por San Valentín se solían dar cajas de bombones enormes que eran inaccesibles para mi familia, y se me ocurrió que en vez de enviar una carta aburrida, a la gente que me escribiera les enviaría una caja de bombones enorme con una nota. Esto hizo que incluso los días que estaba triste, saber que alguien iba a recibir esos bombones me alegraba. Al final fue un proceso egoísta porque así podía disfrutar del proceso. Lo malo es que la cosa se ha salido de madre y he tenido que exagerar cada vez más para mantener el interés (risas).

He leído que durante la pandemia construyó un castillo en su jardín con sus propias manos. ¿Sigue en pie?
—Sí, sí. No solo sigue en pie sino que ha crecido. Durante el confinamiento no podía ir al gimnasio, y recordé que con mi abuelo solía construir cosas con rocas, así que me puse a hacer un castillo. Empecé con una habitación, luego otra, y ahora he terminado unas cabañas y unos arcos. Me producía mucha alegría y cansancio al mismo tiempo (risas). Además, tiene otro aspecto. Dentro de muchos años, cuando vea el castillo me diré: ¿cómo es posible que yo construyera esto? Será la prueba de que era fuerte y eso te genera mucha confianza. Lo mismo pasa con los libros que he escrito cuando los releo y me digo: cómo de valiente debía ser para poner este en el libro.