El autor Jesús Carrasco posó en la librería. | Pere Bota

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Jesús Carrasco saltó a la palestra del mundo literario tras el rotundo éxito de su primera novela, Intemperie, que fue llevada al cine por Benito Zambrano en 2019. Del gran drama que escribió en ella, y también en su siguiente obra, La tierra que pisamos, Carrasco pasa en su más reciente título, Llévame a casa (Seix Barral), a una historia cotidiana, cercana y personal, de aquellas de gestos, miradas y palabras sutiles que llegan en momentos inoportunos y de las que nos arrepentimos; una trama de regresos a lo que una vez fue el hogar, y de las deudas que los hijos tenemos –o no– para con los padres. Ayer, el propio Carrasco presentó el libro en Rata Corner junto a la periodista Mariana Díaz, donde charló sobre su texto más autobiográfico, ese cuyo material «tenía a más a mano porque lo llevaba en el bolsillo».

En la novela, el protagonista se va a vivir a Edimburgo aunque se ve obligado a regresar al hogar, ¿qué buscamos al alejarnos de nuestros orígenes?

—Es una respuesta tópica, pero nos buscamos a nosotros mismos. La vida es cíclica: se nace, torpemente se aprende, se evoluciona, perdemos facultades y, de alguna manera, volvemos a ser como niños. Salir del origen proporciona una distancia para poder contemplar el lugar del que procedemos con más justicia.

Se habla en Llévame a casa de la responsabilidad de ser hijos, ¿qué deudas se tienen?

—No lo sé. Está claro qué obligaciones tienen los padres para con los hijos, que se asumen en la paternidad, pero no sé cuáles son las de los hijos para con los padres. Creo que cada familia logra y crea ese pacto porque ese contrato se redacta durante toda la vida. Aveces pienso en los extremos. ¿Qué sensación debe tener un hijo que ha sido abandonado o maltratado? Probablemente no tenga ninguna deuda, pero esto lo resuelve cada familia a su manera y cada cual debe encontrar su pacto en sus condiciones.

Aparece una dicotomía entre lo que uno quiere hacer con su vida y lo que se espera de él en tanto que hijo de tal o cual persona.

—Es una encrucijada humana. La forma que nos dan a través de la educación, aunque bienintencionada, puede ir en contra de lo que uno es, del ser de uno mismo, y puedes descubrir esto o no y llevar toda tu vida una mochila que no es tuya. La vela propone y el viento dispone, como dice el refrán, pero siempre hay un momento en el que te das cuenta de que los zapatos que te han puesto no te encajan. Hay quien resuelve esto de manera libérrima, hay quien se adocena, otros no se dan ni cuenta. Esto se ve mucho en las familias latinas, cuyo modelo, muy diferente en otras latitudes, es como una jaula para el protagonista.

La novela se escribió antes de la pandemia, pero avanza el tema de los cuidados, tan en boga hoy en día. ¿Qué opinión tiene de este tema?

—La pandemia lo ha puesto encima de la mesa, pero venía cocinándose de antes. A las mujeres les hemos dado mucha responsabilidad en los cuidados, solo hay que ver las profesiones de ese campo en las que solo hay mujeres. Todo lo que tiene que ver con la infancia o la vejez es de ellas, parece. Creo que el concepto está en la mesa y se está debatiendo, como la España rural o el medio ambiente. Es el comienzo, y el paso fundamental a dar es nuestro: no tiene sentido que mi pareja, por ser mujer, ocupe más trabajo y tiempo que yo en una tarea común.

¿Qué función tiene la literatura en estos debates sociales?

—Es un vehículo mucho más pausado que lo que la sociedad prodiga y con ese ritmo permite ver los asuntos a través de la visión particular de un personaje mucho más cercana a la de un lector que, quizá, la de la prensa. La literatura sirve para dar una visión polifónica de la España rural, de la que hasta hace poco había solo una imagen negra de la que solo se hablaba cuando pasaba un crimen masivo en Puerto Hurraco, por ejemplo.

En esta obra realiza un gran ejercicio por narrar la cotidianidad a través de las descripciones sensoriales. Es una novela casi para olerla. ¿Es su particular magdalena proustiana?

—La de Proust era más sugerente, quizá. Forma parte de mi manera de ver el mundo y de escribir. Lo táctil, el olor, lo sensorial en general tiene un gran poder evocador. En esta novela, además, es particularmente fuerte. Digo al lector con olores qué tipo de familia es, la época, el país. Habrá gente joven que no reconozca los códigos, pero mucha otra, sobre todo de mi edad, sí lo hará. A qué huele el plomo fundido, o una escalera de vecinos cuando se cuece coliflor, son aromas definitorios de cómo era el país.