El arquitecto y escritor Roberto Mosquera, posando con su libro.

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La friolera de 910 páginas dedicadas a diseccionar a uno de los escritores más importantes de todos los tiempos, Franz Kafka, producto de años de investigación, constituyen el último libro del arquitecto y escritor mallorquín afincado en Madrid, Roberto Mosquera (Palma, 1958). Autor de poemarios como El lugar ausente y de estudios sobre Llorenç Villalonga, Bartomeu Fiol o Rosselló-Pòrcel, sorprende ahora con una impresionante investigación, que lleva por título el sugerente Kafka. El abismo de la literatura (Guillermo Escolar Editor).

¿Por qué tendríamos que recomendar hoy la lectura de una biografía de Kafka?
— Kafka quizá sea uno de los escritores más conocidos, pero menos leídos por quienes lo citan. Abundan los tópicos sobre su personalidad y su obra. Era un tipo común, con debilidades y deseos comunes, pero que describió la condición humana y sus miedos y terrores como ningún coetáneo suyo lo había hecho antes. Por qué y cómo sucedió esto, es lo que debería tratar de explicar una biografía.

A su juicio, ¿cuál es el escritor mallorquín más kafkiano o el más influido por su obra?
— No cabe duda de que para la literatura y el arte en general hay un antes y un después de Kafka, es una presencia ineludible. Se me ocurren casos en los que esa presencia se hace expresa y reveladora: Miquel Barceló, por ejemplo, ha ilustrado magistralmente La transformación, y esto exige un grado importante de implicación en la obra; o el poeta Bartomeu Fiol, con numerosas referencias a Kafka en su poesía. Incluso los que negaron expresamente su influencia, como Cristóbal Serra, le deben algo.

¿Cómo nació la semilla de escribir este libro?
— Mi primer interés por Kafka surgió en la adolescencia, cuando leí por primera vez El castillo, en un volumen de bolsillo comprado en una mítica librería palmesana que ya no existe, la Tous. Probablemente pude intuir que en aquella novela había algo distinto de lo que había encontrado por entonces en la novela decimonónica. Eso me condujo hasta la biografía escrita por su amigo Max Brod. En aquellas dos primeras lecturas está el origen del libro. La decisión de escribirlo es muy posterior, naturalmente, pero vinculada a aquel deslumbramiento inicial.

¿Cuántos años ha tardado en tejer esa intrincada urdimbre?
— La escritura propiamente dicha me ha supuesto cuatro o cinco años de dedicación. Otra cosa ha sido la lectura y documentación previa, más dilatada en el tiempo, más difusa en términos de intensidad. Después ha venido un período de decantación. Y encontrar un editor que asumiese el reto de publicarlo con la misma entrega que yo he puesto en escribirlo.

¿Cómo fue ese proceso?
— Creo que la escritura de una biografía puede ser fluida y fructífera solo cuando ya se ha decidido qué es imprescindible contar y qué es superfluo, y eso requiere una visión global previa del conjunto de datos. Afortunadamente, tenemos sus diarios y correspondencia. A pesar de ello, siempre existe la tentación de llenar los inevitables vacíos que hay en toda peripecia vital con la invención o con la digresión. He pretendido huir de ambas cosas y, sobre todo, he tratado de no caer en la hagiografía.

Durante la elaboración de una obra tan voluminosa habrá pasado por momentos de desánimo e incluso habrá pensado en abandonar el proyecto.
— Lo más ingrato ha sido tomar la decisión de prescindir de cientos de páginas ya escritas, pero no por desánimo, sino porque quería aplicar el foco de mi atención a la descripción de la lucha permanente del escritor consigo mismo, con la literatura, con el mundo, en las secuelas que produjo en sus relaciones personales. De ahí que, por ejemplo, haya preferido desplazar el comentario crítico de sus obras a un apéndice del libro.

Si Kafka lo leyera, ¿qué piensa usted que diría?
— Probablemente guardaría silencio. Estaba convencido de poseer un talento excepcional, pero se torturaba cuando no era capaz de obtener los resultados que se exigía. Creo que se sorprendería de la repercusión que ha tenido su obra después de muerto. Siempre pensó en ella como la confirmación de un rotundo fracaso.

¿Se siente satisfecho con el resultado?
— Contra lo que suele suponerse, a punto de cumplirse los cien años de su muerte no hay muchas biografías de Kafka. La mayor parte de lo publicado es literatura esencialmente académica. Acometer esta tarea, en todo caso, me resultaba necesario personalmente, y concluirla ha supuesto un alivio. En el fondo, es una deuda saldada con aquel adolescente que descubrió a Kafka tantos años atrás.

En tiempos de pandemia como los que vivimos, ¿qué nos enseña Kafka?
— Kafka también sufrió otra pandemia, la gripe de 1918, y pocos años más tarde la tuberculosis acabó con su vida. A pesar de todo, se empeñó en corregir las galeradas de Un artista del hambre en su lecho de muerte. Un acto de resistencia que no pretendía ser ejemplarizante, aunque lo fue. Creía que por encima de todas las dificultades su deber como escritor era culminar la tarea.

¿Cuál va a ser su próximo libro?
— Es posible que pronto aparezca una biografía sucinta de Rosselló-Pòrcel. Otro escritor muerto prematuramente, también a causa de la tuberculosis.