Gerard Quintana, en una imagen de archivo. | Enric Fontcuberta/EFE

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Con L’home que va viure dues vegades (Columna), Gerard Quintana (Girona, 1964) ganó la última edición del Premi Ramon Llull. En su segunda novela (después de Entre el cel i la terra, 2019), el líder de Sopa de Cabra se reafirma como el escritor que siempre quiso ser. Escribe de segundas oportunidades, en un argumento con un inicio vertiginoso sobre una tragedia que estuvo a punto de sufrir en una playa de Eivissa, isla en la que vive desde hace años y donde nacieron sus hijos.

¿Presentará la novela en Mallorca e Ibiza?
— La idea es hacerlo en abril, no sé todavía si antes o después de la celebración de Sant Jordi.

Se suele decir que, a los poetas, se les nota cuando escriben narrativa. Quizás pase lo mismo con los músicos.
— Llevo 35 años escribiendo con las herramientas que te proporciona la poesía, aplicadas a la música. Para algunos, la concesión del Premio Nobel a Bob Dylan fue un escándalo, por considerarse al género literario-musical como menor. Yo creo que fue un acierto, al reconocer una influencia literaria de Dylan sobre muchas generaciones y sobre el conjunto de la sociedad. Para mí, pasar a la novela es parte de lo mismo. Mi protagonista es un poeta. La expresión máxima de la realidad es la poesía, donde no hay nada que falta ni que sobre.

¿Es la misma pulsión la que hace que se escriba una canción o una novela?
— Sí, la pulsión es la misma. A veces, me paso años para escribir una canción. El far del sud es una canción que había querido hacer desde la adolescencia. Me había impactado el disco Harvest de Neil Young, que hablaba de la posibilidad de enamorarse de una ficción. En realidad, hace treinta años y nueve meses que estoy escribiendo L’home que va viure dues vegades. Algo te impacta, te remueve por dentro, y quieres hablar de ello.

¿Por qué comienza la novela revelando el final de la historia?
— Al empezar por el final, ya podía dedicarme estrictamente a la literatura. Lo importante es cómo explicamos las cosas. No quería estar ligado a la trama.

Ha ganado el Ramon Llull, un premio bien pagado y comercial. Es una forma de comprar tiempo, pero quizás pueda ser una carga.
— Estoy acostumbrado a soportar cargas. Me pasó hace unos treinta años, con un gran éxito con Sopa de Cabra que duró tres o cuatro temporadas. Tuvimos que hacer nuestra travesía por el desierto. Por eso, me hace reflexionar ver a alguien muy joven que acaba de ganar un premio importante.

¿Es la suya una buena edad para asumir este premio?
— Sí, me llega en un buen momento, relativizas algunas críticas que, por otro lado, me divierten. De hecho, me fascinan esas críticas, las estoy incorporando a mi próxima novela. Sobre la comercialidad, ha sido una buena manera de comprar tiempo. Vengo de dos o tres años devastadores. En 2018 y 2019, estuvimos preparando el disco La gran onada. El día del estreno empezó el estado de alerta por la pandemia. El premio me servirá para cubrir los créditos pendientes. Siempre me he rebelado contra la dualidad entre la comercialidad y la calidad. Con suerte, podré escribir seis o siete libros. Tengo que escoger bien y no perder tiempo.

Habla del impacto necesario para empezar el libro. ¿Se refiere al accidente en una playa de Eivissa o a la posibilidad de vivir dos vidas?
— Las dos cosas. Por eso, hablo de 30 años y nueve meses. Hace 30 años, fue un momento especial para Sopa de Cabra. Traté de mirar hacia atrás, desde un escenario, en el Estadi Olímpic de Barcelona y con 60.000 personas, al lado de Tina Turner y El último de la fila. Nosotros veníamos de Girona, de actuar en todos los pubs y fiestas populares de la zona. Me costó reconocer al niño introvertido que había sido, tímido, con problemas de tartamudez y para quien la librería de su tío era un refugio, una prolongación de la placenta.

De repente, se vio como un líder de masas…
— Sí, delante de miles de personas. Años antes, no habría podido enfrentarme ni a cuatro amigos. Me costó reconocerme. Pensé si una vida podía contener varias vidas. Después, lo que sucede a Salvador Martí al inicio del libro, un hecho trágico en una playa de Eivissa, estuvo a punto de pasarme a mí, a mi familia. Mi compañera me preguntó qué hubiera pasado si todo hubiese sido de otra manera, si hubiesen fallecido. Ahí cristalizó el motor del libro.

¿Hacia dónde va como escritor?
— Lo intuyo, pero necesito tener acabada la tercera novela para responder. En la anterior novela, la referencia era Fulles d’herba, de Walt Whitman. Aquí, son un grupo de poetas suicidas. Juego a decir que son los poetas que pasaron al otro lado y pudieron regresar para escribir su despedida, anunciando su final, como Pasolini, Sylvia Plath o Pavese. La recompensa del poeta es la eternidad. Cada vez me siento más vinculado a la ficción como máximo exponente de la vida. Me cuesta desvincularme de los clásicos.

Al darse a conocer el premio, habló de Pablo Hasél y Valtònyc.
— La política es capaz de justificar cualquier barbaridad por este sentimiento de pertenencia a un bando. Me han llegado a acusar de votar a un partido que no he votado nunca. El estado ha sido capaz de proteger situaciones políticas que estarían prohibidas en algunos países europeos. Preservar la unidad pasa por encima de la democracia. El estado actúa así porque se siente débil. Estamos en un momento de polarización de las posiciones.

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