Paco Cerdà: «Una productora ya ha adquirido ‘El peón’ para llevarlo a la pantalla»

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El escritor Paco Cerdà, autor de ‘El peón’, libro sobre Arturito Pomar, prodigio mallorquín del ajedrez.

El escritor Paco Cerdà, autor de ‘El peón’, libro sobre Arturito Pomar, prodigio mallorquín del ajedrez.

J. Sevilla

El periodista y escritor Paco Cerdà ganó este mes el Premio Cálamo al Mejor Libro del Año 2020 por El peón (Editorial Pepitas), una obra que recoge, entre otras historias, la vida de Arturito Pomar (Palma, 1931-Barcelona, 2016), el niño prodigio del ajedrez español, nacido en la calle Manuel de los Herreros, capaz de ser subcampeón provincial con once años de edad, hacer tablas a los 13 con el campeón mundial Alehkine, y ya de adulto empatar con uno de los mejores ajedrecistas de la historia, Bobby Fisher. Pomar, que acabó siendo empleado de Correos en Madrid y fue el primer Gran Maestro Internacional de España (1962), de niño fue considerado el Capablanca español, aunque nunca llegó a superar el número 40 del ránking mundial. Una productora acaba de adquirir los derechos del libro para llevarlo a la pantalla.

¿Fue Arturo Pomar, conocido durante toda su vida como Arturito, un juguete roto?
—Ante todo, Arturito Pomar fue un fenómeno mediático en la España de posguerra, como niño prodigio del ajedrez, y una auténtica leyenda deportiva que logró ganar siete campeonatos de España de ajedrez. Sin duda, y desde ese ángulo abordo la figura de Arturo Pomar en “El peón”, fue tanta la expectativa que se creó en torno a su pequeña figura, fue tanto lo que se esperaba de él, que Artuo Pomar nunca llegó a estar a la altura de Arturito.

Un mito que se fue desinflando con el paso de los años...
—El mito artúrico fue una losa que explica parte de su posterior olvido. En ese sentido, y en alusión a los otros ‘peones’ que narro en la parte más histórica del libro [maquis, comunistas, republicanos en el exilio, falangistas, estudiantes, activistas del Black Power, pacifistas antinucleares, etc], hay peones que son juguetes del destino y terminan rotos en ocasiones, pero también, en muchas ocasiones, hacen que el destino dependa de ellos.

‘El peón’
Portada del libro ‘El peón’.

Pomar, de ocho años de edad, aparece en una noticia del diario Baleares tras derrotar a la ciega a curtidos ajedrecistas en el Club Ajedrez Mallorca, ubicado en el Café Born. Corre el año 1939. ¿Impactó el jovencísimo genio en su época en una Mallorca atrasada, dentro de un país devastado por la reciente guerra?
—Impactó mucho. Ya a los siete años frecuentaba el Club Ajedrez Mallorca y pronto empezó a derrotar a sus rivales. Con ocho años ya se escribieron las primeras crónicas sobre el enorme talento precoz de este futuro Capablanca.

Con 11 años juega representando a Baleares en el Campeonato de España, queda último, pero ganó en una exhibición al subcampeón Fuentes. Estamos en 1942 y el recién creado No-Do lo presenta como el nuevo José Capablanca. ¿Por qué Arturito no llegó a ser jamás como el cubano, considerado uno de los mejores ajedrecistas de la historia?
—Es difícil responder a esa pregunta. Es indudable que su talento innato era descomunal. Sin preparación teórica ni estudio sistemático de las aperturas, Arturito Pomar había sido capaz de hacerle tablas al campeón del mundo de ajedrez, Alexander Alekhine. El cuento parecía perfecto: El niño mallorquín de familia humilde que iba a conquistar el ajedrez mundial desde una España mísera de solemnidad. El peón que avanza hacia la octava casilla para coronar y, al fin, promocionar. Pero no ocurrió así. Dicen que si hubiera nacido en la Unión Soviética, con la debida formación, preparación y entrenamiento promovido desde las instituciones deportivas estatales, podría haber llegado mucho más lejos, y hasta disputar un campeonato del mundo.

Si Arturo hubiese sido americano, ya tendría su serie al estilo de la popular Gambito de dama?
—Seguramente sí. Aunque tengo que decir, al respecto, que una productora ha adquirido los derechos audiovisuales del libro para llevar El peón a la pantalla, quizá una película o quizá una serie. Sería bonito que más gente pudiera conocer la historia de este mito de posguerra, con una vida apasionante que tiene retazos de épica y de tragedia, y también la de Bobby Fischer, su némesis en aquella partida de Estocolmo que articula el libro: 77 movimientos tuvo la partida Pomar-Fischer, y 77 capítulos breves tiene El peón, por los que van desfilando, además de las vidas de estos dos ‘peones’ de la España de Franco y de los Estados Unidos de Kennedy, otros ‘peones’ que sacrificaron su vida en nombre de una causa colectiva aquel año 1962.

Arturo Pomar, con 14 años, en un torneo de ajedrez en Londres.
Arturo Pomar, con 14 años, en un torneo de ajedrez en Londres.

Parece que Arturo Pomar ha regresado al tablero...
—Sí. Y es curioso. A raíz de la publicación de El peón, su figura ha aparecido hasta en las páginas del periódico británico The Times, justo 75 años después de que este mismo diario publicara crónicas sobre su participación en 1946 en un torneo de ajedrez de Londres en el que Arturito causó sensación con apenas 14 años. Si sirve para que más gente conozca la apasionante vida de este genio mallorquín, bienvenido sea.

Pomar nació en Palma en 1931, pesó cinco kilos, a los cuatro años recita a Zorrilla, se cría en el campo, a los cinco años derrota a su padre y a los once a los mejores ajedrecistas en el Café Mallorquín. ¿Durante su vida adulta echó de menos su infancia en Valldemossa donde subía las empinadas cuestas montado en su bicicleta?.
—Imagino que sí, sin duda. Aunque también es cierto que su temprana marcha a Madrid, donde pasó la segunda parte de su infancia, y el hecho de que su auténtica tierra fuera allá donde había 32 casillas blancas y otras 32 negras, tal vez limó esa nostalgia por sa terra.

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vicente
Hace un mes

Arturo Pomar se merece por lo menos un alfil, no un simple peón.

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PINXO
Hace un mes

Mucho me temo que ganas no te faltan, pero que una productora "ya ha adquirido El peón" está muy lejos de significar "llevarlo a la pantalla". No te desanimes Paco, pero . . . no infles demasiado el globo.

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