El catedrático Perfecto E. Cuadrado, en una imagen tomada en Palma. | Ultima Hora

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La Biblioteca del Institut Ramon Llull acogió recientemente un nutrido, por la afluencia, y sentido homenaje al catedrático de Literatura Portuguesa Perfecto E. Cuadrado Fernández. En el acto se presentó un libro editado por sus compañeros de departamento dedicado a él, Como el camino empieza. Palabra e imagen para Perfecto E. Cuadrado, editado por Olañeta. Además de dar unas clases sesudas, entretenidas y antológicas, este catedrático ya emérito es una autoridad mundial en la literatura lusitana del siglo XX, especialmente en el surrealismo y en la obra de Pessoa, del que tradujo El libro del desasosiego.

Cuadrado es muchas cosas: es miembro de varios institutos universitarios de investigación en Portugal, coordinador del Centro Português do Surrealismo en la Fundação Cupertino de Miranda, académico correspondiente de la Academia Riograndense de Literatura y de la APLAM (Brasil), y, entre otros galardones, es Premio de Traducción Giovanni Pontiero, Premio de la Sociedade Portuguesa de Autores y Premio Luso-Español de Cultura, el galardón más relevante que se otorga en materia de intervención y colaboración cultural hispanoportuguesa.

Estamos en unos momentos de gran superficialidad, con la verdadera cultura hundida y enterrada, ¿cómo ve este asunto?

—Eso de la ‘verdadera’ cultura me preocupa: todo es cultura, todo es educación, todo es formación, todo es aventura en pos del conocimiento, de manera que lo de ‘verdadera’ no acabo de entenderlo. Otra cosa son los valores culturales que en cada momento se ofrecen a los jóvenes como positivos, y en eso me encontraran siempre frente a los valores que hoy se les ofrecen a los para triunfar en la vida: la abyección moral y ética, el totalitarismo ideológico y político y la mediocridad intelectual y profesional, y, como paño de fondo del escenario, la miseria y el miedo.

Pessoa es un escritor que conoce usted muy a fondo, ¿díganos tres cosas que le chocarían a este poeta?

—Más que chocarle, le ayudarían a reafirmarse en su búsqueda de una solución regeneradora desde la poesía, desde la palabra creativa, genesíaca y enriquecedora.

¿Qué recuerdo tiene de su relación con su compañero de departamento Camilo José Cela?

—Al día siguiente de su primera lección en los Cursos de Doctorado (hoy, másters) sobre Dictadología tópica y Español coloquial, me llamó por teléfono y me invitó a comer, preocupado por cómo habían ido las primeras clases y preguntándome por el mejor camino a seguir. A mi espanto (gozoso) por la invitación, siguió después de sus preguntas un verdadero pánico por mis respuestas. Pero una cosa y otra fueron el inicio de una gran amistad.

¿Es España un país ingrato con sus escritores e intelectuales?

—Siempre lo ha sido, pero hoy en día, desgraciadamente, esa ingratitud, aliada con la capacidad de integración o marginación absoluta de lo que para simplificar podemos entender como ‘el sistema’, se ha ido acentuando y globalizando progresivamente.

Una cosa muy extraña, a diferencia de los tiempos de ebullición cultural de Ortega, Valle o Marañón, es que el intelectual hoy, en el caso de que lo sea, está ‘apesebrado’, pendiente de la sopa boba.

—De esos siempre los ha habido, aunque lo de intelectual sobra, porque quien lo es necesariamente ha de ser un espíritu crítico e instalado en un permanente «dudo, luego existo». Y verdaderos intelectuales sigue habiéndolos, pero su voz va siendo apagada o manipulada con medios cada vez más poderosos que lo aíslan.

¿Nos faltan personajes como Quevedo o como el Lazarillo de Tormes, o como el mismo Cela, que no se callaban y encima iban a su bola?

—Nos falta la aparición explosiva de un nuevo espíritu de vanguardia, de afán de cuestionar el pasado y el presente para ir dibujando los perfiles de un futuro que dialécticamente los asuma y los supere.

¿En qué se va a centrar en los próximos años, en sus años ya de emérito?

—Seguiré dando algunas clases, si es que todavía existe alguna posibilidad de hacerlo presencialmente, y seguiré dirigiendo la Cátedra Mário Cesariny y coordinando el Centro Português do Surrealismo de la Fundação Cupertino de Miranda [Vila Nova de Famalicão, Portugal], además de publicar algunas de mis divagaciones, organizar y participar en reuniones científicas y, sobre todo, seguir haciendo machadianamente mi camino con los alegres argonautas que hasta ahora me han acompañado y otros que se quieran ir sumando consciente de la inexistencia del vellocino de oro tanto como de la imperiosa necesidad de seguir buscándolo

¿Con qué escritor portugués se queda y con qué escritor español?

—Sólo nombraré a algunos portugueses a los que yo he sobrevivido: los poetas medievales galaicoportugueses, Gil Vicente, Camões, Fernão Mendes Pinto, el Padre Vieira, Herculano, Camilo Castelo Branco, Eça de Queirós, Pessoa, Vergílio Ferreira, José Saramago o Mário Cesariny.

¿Hay vida después de la literatura?

—No sólo eso, es que sin la palabra la realidad no acaba nunca de existir. Pessoa decía que la literatura servía para hacer real la vida. Primero, el verbo, después la realidad definitivamente encarnada.

¿Cómo se las apaña un ser imaginativo y lleno de ensoñaciones como usted en un mundo tan aburrido, como el de hoy, en el que mandan analfabetos funcionales?

—Cesariny decía: «Sólo la imaginación transforma, sólo la imaginación trastorna». Y más: «Sólo la imaginación puede rehabilitar la realidad mal o parcialmente llamada real y convertirla en una realidad poética». Añadamos a esas dos armas otras como el humor, el deseo y la pasión. De hecho, alguna vez he dicho que yo hasta cuando me aburro lo hago apasionadamente.