El director catalán Marc Serena, en el centro de Palma. | Pere Bota

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Imagine un país centroafricano en la costa occidental del continente cuyo escritor más traducido tenga, además de un nombre muy castizo como Juan Tomás Ávila Laurel, la trágica circunstancia de no vender sus libros en su tierra. La asfixiante situación de Guinea Ecuatorial, excolonia española gobernada por la longeva dictadura de Teodoro Obiang, es lo que refleja el documental de Marc Serena, El escritor de un país sin librerías, el primer largometraje rodado en Guinea crítico con el régimen y que ayer hizo viajar al trópico con su proyección a los espectadores del CineCiutat que acudieron a una nueva cita con el Atlàntida Film Fest acompañados del realizador de la cinta, Marc Serena, y el político Guillem Balboa, natural de Guinea.

Para Serena, Juan Tomás Ávila es «un escritor entre dos países que no le entienden». Por un lado, Guinea, su tierra natal, de donde se exilió a España en 2011 por denunciar la dictadura de Obiang. El documental trata de «reflejar que aunque hubiera librerías allí no venderían sus libros porque no llegan». España tiene algo de culpa también ya que aquí «no le valoramos a pesar de ser el escritor africano en español más prolífico». Ante esta situación, ¿cómo reacciona el propio Ávila? «Él vive en otro mundo, en el literario», contesta Serena.

No obstante, para el realizador catalán sigue siendo «muy importante lo que podamos decir desde aquí» ya que España y Guinea tienen lazos históricos y sociales importantes: «Hasta hace 50 años era parte de España, su dictador se formó en Zaragoza y en cierto sentido viven un franquismo tropical, una continuación del franquismo».

Sobre si España tiene o no una deuda con Guinea, Serena se muestra prudente y señala que «mi trabajo es dar información y que el espectador piense y llegue a sus propias conclusiones» y confiesa que estar en el Atlàntida «es una oportunidad única para películas como las nuestras que no las quieren las televisiones».

Dificultades

De hecho, varias han sido las trabas recibidas y situaciones surrealistas vividas por el equipo, desde que «la parte más cara de la película es una grabación de 60 segundos del NO-DO que tuvimos que pagar a TVE» o un momento vivido en el país africano en el que «un hombre, que no era policía, nos detuvo en la calle y nos dijo que el presidente había dicho que todo el mundo tenía derecho a ser policía». Esta y otras muchas situaciones expuestas en el filme denuncian la situación de miedo y control generalizada que existe en torno al país y la dictadura de Obiang.

No obstante, a pesar del título, el director de El escrito de un país sin librerías tiene claro que «falta mucho más que algunas librerías en Guinea. Son necesarias políticas públicas culturales y un ecosistema real. Allí no hay cines ni teatros públicos, ni siquiera hay derecho de manifestación». Y considera que una forma muy positiva de aportar un grano de arena sería «el reconocimiento en España del acento de la literatura guineana con algún premio literario porque no hablamos nunca de la literatura afrodescendiente». Este documental es, sin duda, un paso en la buena dirección.