Nekane Aramburu posó este miércoles en Es Baluard ante una instalación de Richard Long. | Pilar Pellicer

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Nekane Aramburu ha detentado la dirección de Es Baluard durante seis años y la deja en marzo. Cuando llegó al centro tuvo que trabajar con un presupuesto ínfimo para este tipo de instituciones, así que se las ingenió para dar vida al museo, conectar con la sociedad, con muchos colectivos, e imprimió una forma nueva de trabajar. Ahora declina revelar qué hará, pero asegura: «Lo que quiero transmitir es que cierro ciclo, que voy a estar cerca y que es natural que las cosas sigan su curso lejos de ti».

Repasemos. Cuando llegó a Mallorca y vio que dirigiría un museo con muy poco presupuesto, ¿qué pensó?
— Que había que construir un modelo de museo en el que pudiéramos conjugar la iniciativa privada en apoyos y proyectos.

No sé si porque no había dinero, o porque tiene un concepto de museo más allá de las exposiciones, imprimió a es Baluard un concepto muy social, llevándolo a sectores que, de lo contrario, no lo conocerían.
— Había que construir nuevos programas, nuevos modelos de gestión, nuevas maneras de trabajar en equipo, que éste entendiera que no se podía hacer por compartimentos estancos, si no de forma transversal y en red. En cuanto a la cuestión económica, por una parte ha sido importante, porque no ha permitido hacer grandes exposiciones, pero la cuestión de un museo más abierto y horizontal hubiera salido con presupuesto y sin el. Un museo tiene que ser un lugar de investigación, de análisis del patrimonio histórico y de su tiempo y estar destinado a la sociedad.

¿Como fue recibida su manera de trabajar, tanto por el equipo, como por la sociedad balear o el mundo de la cultura?
— Yo entré por un concurso público y fue muy transparente. Al día siguiente de haber sido anunciada mi elección para la dirección publiqué mi proyecto, que estaba hecho en septiembre de 2012 y es el que intenté compartir con todos los sectores. Creo que sí es cierto, como dice, que es una nueva forma de trabajar, de abordar la práctica artística contemporánea. Al final, que los compartimentos estancos estén en red es la filosofía del proyecto, y es lo que había que compartir.

Trabajó con prostitutas, personas con discapacidades, con mayores, ¿es parte de su legado personal como directora?
— Esta es una practica habitual, por ejemplo, en museos norteamericanos y sí que es cierto que lo bonito de este ciclo es que Es Baluard ha adquirido una personalidad como museo balear, porque los programas están orientados al contexto en el que nos encontramos, no tendría sentido sin éste, que lo demandaba. Hay que llegar y ser muy permeable a lo que el contexto necesita a todos los niveles. Eso estaba en mi proyecto, en el que hablaba de museo de territorio y de fuerza centrífuga y centrípeta. El primer verano ya fui a trabajar con Eivissa, yo desarrollaba la idea de casa madre.

¿Cuál es la percepción que se tiene de Es Baluard en el circuito del arte nacional?
— Es una referencia nacional e internacional. Por los programas que hemos desarrollado, como el del Mediterráneo. Hemos trabajado con una comisaria especializada de Londres, con una de Argentina muy prestigiosa, o hemos llevado la colección del museo a otros países. Se ha naturalizado, la colección se ha abierto a lecturas inéditas que, no se porqué nadie las había imaginado, y en las vías en las que el sistema de la cultura está trabajando, por lo que hemos entrado en el cauce de una manera natural.

El museo fue contestado por ciertos sectores por partir de una colección privada y ser público. ¿Esa visión ha cambiado?
— En una isla se intensifica todo siempre, pero es cierto que lo público-privado es una relación normalizada. En los últimos seis años, cada vez hay más iniciativas privadas que asumen generar proyectos museísticos, centros de arte o proyectos mixtos, así que me parece natural la concepción de Es Balaurd, que pertenece a una generación de museos similares. Yo creo que las cosas se ven diferentes a como se veían hace quince años.

Le dio muchas vueltas a la colección, la compartió con artistas e intelectuales. ¿Qué opinión le merece?
— Es raro el museo nacional o internacional que tenga una colección uniforme. Normalmente, los museos y centros están hechos de muchos ciclos, líneas de adquisición y etapas, por eso muchas veces las obras no se relacionan entre sí o hay lagunas. Yo tenía experiencia en trabajar con colecciones de este tipo, dispares, y me fue muy fácil, por mi modus operandi como comisaria estoy acostumbrada. La de Es Baluard, además de estar formada por las de las cuatro entidades patronas, ha albergado obras de bancos, coleccionistas privados, también se había comprado sin un criterio específico, pero eso sucede en otros lugares. Recuerdo que, al principio, no entendía la museografía, porque estaban todas las obras colgadas, y fue la idea inicial del ciclo Implosió. Después se fue aligerando por las distintas lecturas y miradas hasta llegar a la última, más serena, con unos colores más claros, y todo tiene un sentido. Son seis años para construir eso.

¿Deja la dirección del museo porque para usted es un fin de ciclo?
— Siento que necesito acabar este ciclo porque he llegado al objetivo que quería, desarrollar el proyecto que presenté, que era una declaración de intenciones. Cuando llegué tuve que construir, tanto la museografía, como un código deontológico, el primero de España de un museo, como una manera de funcionar interna o el plan de actuación Es Baluard 2018, que me ha guiado. Pienso que he aportado todo lo que tenía que aportar y que tiene que venir otro ciclo.

Dicen que se queda en Mallorca.
— Lo que digo es que no me voy a ir. Que dejes de trabajar en una institución no significa que cortes. Como un manifiesto de intenciones, mi idea es que, aunque no esté desarrollando una función laboral, no estaré lejos, voy a estar cerca de todos los proyectos, los colectivos, las personas, es mi modus operandi.