Tom Jones durante su concierto en el Port Adriano. | M. À. Cañellas

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En un recinto exquisitamente acotado, entre aromas salinos y con una amoral colección de ?barquitos? de fondo, el incombustible Tom Jones alzaba el telón de las veladas musicales de Port Adriano. El público, alrededor de 1.500 personas, aguardaba impaciente a que el ?Tigre de Gales? rescatará un puñado de canciones nacidas en una época en la que el idealismo no estaba considerado un mal de juventud. Piezas como Delilah, It?s not unusual, She?s a lady o Sex bomb.

Como muchos de los allí presentes, gente ya entrada en años, Tom Jones no es el mismo. Su voz no sube como antaño y debe abordar la pieza varios tonos por debajo. Lógico, son ya 77 primaveras. Pero no es cuestión de ponerse quisquilloso cuando lo que suena es un repertorio que ha marcado la vida de tantas generaciones. A estas alturas, a mister Sex Bomb nadie le exige precisión milimétrica, nos basta con el subidón que inflingen canciones que evocan aquél guateque que cambió nuestra vida. Y es que el público miraba el concierto con la nostalgia de quien se recuerda a sí mismo más joven, con la vida casi por estrenar. Burning hell abrió fuego, muchos recuerdos y suspiros, todo ello mecido por una suave brisa marina.

Unas 1.500 personas asistieron al concierto.

En cuanto a la estética del show, ofrecía menos de lo que cabía esperar, pero se perdona porque lo discreto siempre ha rimado con lo elegante. Sobre la banda, que ocupaba un segundo plano cercano a la estrella, bordeaba la perfección, mejorando las prestaciones de Jones. El segundo corte de la noche, Run, evidenciaba que aún con carencias su voz aún puede regalarnos grandes momentos, una salva de aplausos lo certificó. Prosiguió el galés, cuya presencia física aún resulta imponente, con un repertorio donde el peso de la música de raíz americana se mezclaba con ese impetú legendario que, mediada la década de los años sesenta, le transformó en una indiscutible fiera del show business.