El cineasta valenciano Luis García Berlanga desembarcaba en la Isla en 1963 para rodar 'El verdugo'.

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Consuelo del Ser, esposa del escultor Pere Quetglas Ferrer 'Xam', recordaba hace años a una periodista que le entrevistaba para este periódico cómo una mañana de abril de 1963 se encontró a José Isbert sentado en la terraza de su casa de Can Barbarà. Consuelo no entendía qué hacía aquel hombre dentro de su propiedad y él, muy tranquilo, le explicó que estaba rodando una película bajo la dirección de Luis García Berlanga. Nada le haría presagiar que cincuenta años después aquel filme que se le 'metió' dentro de casa estaría catalogado como una de las obras maestras del cine español, El verdugo.

Medio siglo ha transcurrido ya de esta anécdota del rodaje de la película en Palma, una grabación que fue discreta y que se trasladó a la Isla porque Berlanga se sintió enormemente atraído por el paisaje. Así que, como él mismo reconoció, se dio ese «capricho» que poco después, ese mismo año, le mereció el reconocimiento del Festival de Venecia.

El cineasta valenciano, que fallecía en noviembre de 2010, dio la oportunidad a muchos mallorquines de participar como extras en esta producción y concedió pequeños papeles a actores de la escena local, como Xesc Forteza. Recordada ha sido también la participación en El verdugo de Joan Ferrer, quien se puso en la piel de un guardia civil y cuya historia ha sido recogida por el cineasta Toni Bestard en el documental El anónimo Caronte, que logró una nominación al Goya. Ahora, coincidiendo también con el cincuenta aniversario de la producción del filme, el director Juan Luis Iborra prepara una película en la que contará los entresijos del rodaje y con la que repasará la trayectoria de Berlanga.

«Berlanga fue un adelantado a su tiempo y El verdugo una película ácida, con mucha carga crítica, que logró, con sutileza, saltar la censura gracias a un genial humor y al guión de Rafael Azcona», recuerda Bestard. El cineasta mallorquín destaca que Berlanga llegó a Palma en un momento en el que «el atractivo de la Isla» comenzaba a generar «expectación». Mallorca supuso más para Berlanga que a la inversa. Según Toni Bestard, «la verdadera trascendencia de la película está en su crítica, en el mensaje», en aquellos años «Berlanga era un cineasta más». Las cuevas del Drac, Can Barbarà o el muelle de Palma fueron algunos de los escenarios que ‘posaron’ para el valenciano en esta comedia negra que «denunciaba una realidad» y que fue un éxito en las pantallas».

Aquel idilio entre Berlanga y Mallorca se consolidó tras esos tres días de rodaje y, desde entonces, el cineasta volvía siempre que podía a la Isla, donde hizo realidad «una de las cinco mejores películas de su carrera».