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Un instante de la presentación de la obra, en la Cartoixa de Valldemossa.

Un instante de la presentación de la obra, en la Cartoixa de Valldemossa.

17-07-2010 | Nuria Rincón
Conexions CromàtiquesConexions Cromàtiques

La llamada música clásica (o culta: el problema es el mismo) necesita aportaciones como el estreno de Connexions Cromàtiques, que tuvo lugar el sábado en la Cartoixa de Valldemossa, que rompen prejuicios y amplían la cantera de oyentes. Para empezar, la sorpresa: el concierto y la obra como aventura, lejos del academicismo que convierte la escucha en un ritual. Segundo, el lenguaje. Moderno en el sentido que elabora materiales de nuestra cultura mediante una fórmula sintética y experimental que nos acerca a la tecnología como instrumento y a la fusión como formato. Tercero, el carácter lúdico, vital, que traspasa autores, intérpretes y público: celebración festiva. Que no quita que se desarrollase en un ambiente de exquisito respeto, consecuencia de la atención con que se siguió este estreno.

Es importante que haya estrenos como éste que despierten la curiosidad y movilicen a equipos humanos o instituciones con ganas de producir cultura viva. Cuarto, y acabo: el aspecto colaborativo, ajeno al divismo que congela demasiadas manifestaciones de la música culta. Hubo pues sonido, música, instrumentos clásicos y modernos, voz. Pero también vídeo y luz. Colores sincronizados con esta particular recreación sonora de la idiosincrasia isleña, estructurada con criterio casi didáctico (explicitado además por Mercè Pons al inicio), pero escrita sin concesiones al didactismo. Connexions Cromàtiques no es una obra fácil, al contrario: exige concentración y cultura para poder captar la corriente dispersa de los muchos detalles que bailan alrededor de una melodía vocal que se mantiene como leitmotiv y tejidos con un lenguaje vanguardista muy personal que se apropia de todo tipo de recursos, desde un pseudogregoriano al recitado pasando por efectos de música new age a libertades virtuosas del jazz o evocaciones del acervo tradicional. De la gota del preludio chopiniano a la música disco ibicenca o el tamboril del Sant Joan menorquín, esta sinestesia artística es sobre todo un ejercicio de cosmopolitismo, acogido con entusiasmo por el numeroso público que presenció más que un concierto: un espectáculo.

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