Los jugadores del Mallorca celebran el tanto de Abdón el pasado domingo ante Osasuna. | RCD MALLORCA

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El nuevo Mallorca ha tenido un despertar de otra época. Acostumbrado a iniciar su andadura contra la corriente, el cuadro balear se desmarcó este fin de semana de la dinámica que le perseguía en sus inicios y se liberó de una carga envenenada que seguramente le hubiera empinado el camino en esta primera fase del curso. Además, va a dormir toda la semana entre las seis primeras posiciones de la liga.

Un dato anecdótico teniendo en cuenta que solo se han disputado 90 de los 3.780 minutos de juego que le esperan de aquí a junio, pero que sirve para echar abajo otra de esas barreras psicológicas que le condicionaban en su día a día: durante las 168 jornadas que había pasado en Segunda desde el descenso de 2013 jamás había ocupado un asiento en la parte alta a la conclusión del fin de semana. Solo durmió ahí unas horas (noviembre de 2016) mientras esperaba a que acabara una jornada que había destapado antes que el resto ganando en Córdoba.

En su primer partido a los mandos del Mallorca en Segunda Vicente Moreno le extrajo al Mallorca una espina que dolía demasiado. Logró algo que se le había resistido a José Luis Oltra, Valeri Karpin, Albert Ferrer y Fernando Vázquez. Todos ellos tropezaron de una manera u otra el mismo día que la competición se ponía en marcha. Un lastre del que ya no pudieron deshacerse.

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A excepción del triunfo amasado en 2017 en el polideportivo de Peralada, fuera de los muros de la LaLiga, el Mallorca no empezaba una temporada ganando desde hace seis años (agosto de 2012), cuando todavía era equipo de Primera División. Con Joaquín Caparrós al frente de las operaciones, mandó al suelo al Espanyol de Mauricio Pochettino con un doble de Hemed (2-1) y aprovechó un impulso que le duró hasta la quinta jornada. A partir de ahí, entre graves lesiones e interminables series de malos resultados se fue desintegrando. Estableció el principio de la última época de oscuridad y acabó precipitándose al vacío. Para encontrar un inicio en categoría profesional sin goles en contra hay que remontarse un año más. Al 2011, cuando el Mallorca de Michael Laudrup derrotó, también, al Espanyol (1-0).

A la deriva
Desde ese momento todos sus comienzos de curso habían sido una tortura. Bajar un escalón no mejoró sus vistas ni sus sensaciones, negativas de principio a fin. Primero lo sufrió en Sabadell, donde recibió un angustioso baño de realidad (4-0), luego en Valladolid (2-1), a continuación en el campo del Alcorcón (2-0) y, finalmente, en casa y ante el Reus (0-1). Una pésima manera de ponerse en pie que siempre le acarreó una cuantiosa factura.

La última victoria del Mallorca en la primera jornada de Segunda databa del siglo pasado. Desde antes de que el club diera el gran salto de su vida. Concretamente desde que el 1 de septiembre de 1996 redujera, con goles de Marcelino y Stankovic y sobre la hierba del desaparecido Sitjar, a un filial del Atlético de Madrid que había empezado adelantándose por medio de Míchel.

Más allá del valor de los números, insignificante ante la inmensidad del calendario de la temporada, el Mallorca ha ganado terreno en el plano anímico y se ha quitado unos grilletes sin los que verá la liga de otra forma. Esta semana ganará un día de descanso sobre el resto del pelotón porque le tocará actuar fuera del fin de semana (lunes 27, 20.00 horas) y ponerle el candado a una segunda jornada dividida en cuatro fascículos. Entrará entonces en la historia del Rayo Majadahonda al ser su rival en el primer partido que dispute como local en Segunda División.