Dejan Lekic durante el partido entre el Real Mallorca y el Lugo. | M. À. Cañellas

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Ha costado, pero parece que el Mallorca pretende realmente rebelarse contra su propio destino. A falta de diez jornadas y de camino hacia una situación irreversible, el club ha echado el cuerpo a tierra y ha utilizado la semana para dar el último volantazo posible.

La llegada de Sergi Barjuan y ese cambio de aires que suelen traer consigo estos movimientos pueden suponer un improvisado puerto de salida hacia el milagro de la salvación. Finiquitada la era Olaizola, al que los números le habían exprimido todo el crédito, le toca a Sergi Barjuan buscar el más difícil todavía y frenar el salto al vacío. Solo hace cuatro días que llegó y esta sábado ya le esperan el Nàstic y una jornada sin retorno. Porque más que un partido, será una prueba de vida (Son Moix, 16.00 horas).

El Mallorca llega al encuentro fantaseando con una mínima posibilidad de escapar de la quema, pero también con un montón de cargas y deudas por abonar. Los siete partidos que encadena sin ganar son una piedra demasiado pesada.

Dijo Sergi a su llegada que iba a contar con todo lo que guarda el Mallorca en el armario y lo ha demostrado en su primera convocatoria, en la que figura Óscar Díaz. Totalmente ajeno a la rutina del grupo en los últimos meses, hacía diez jornadas que el madrileño no entraba en una lista (29 de enero, contra el Cádiz). Los únicos que no han superado la primera criba de Sergi son el sancionado Culio, Joan Oriol, Saúl y Dalmau.

El Nàstic se presenta debilitado por sus últimas referencias como local, pero si se mantiene con los pies fuera del barro es por la efectividad que ha mostrado en los últimos tiempos como visitante. Se siente mucho más cómodo al salir de casa. Lleva tres encuentros sin perder y de los últimos seis que ha jugado como forastero solo ha echado el pie a tierra en el campo del Levante.

El equipo que dirige Juan Merino recupera a Xavi Molina y Álex López, pero está muy condicionado por las bajas.